29 de julio de 2011

LA MALDICIÓN DEL TIGRE (3)

[Tercera parte del cuento. La primera está aquí y la segunda aquí.]

Para Hamza Okoro, Nueva York no podía ser más diferente de la pequeña aldea africana donde él había nacido. Incluso en la época actual, el hogar de sus padres carecía de electricidad y agua corriente, y la ciudad más cercana se hallaba a muchos kilómetros de distancia. Sin embargo, según su abuelo, la civilización los había alcanzado de otras maneras, y no precisamente favorables.

¿Qué quedaba de las grandes sabanas que solían recorrer los ñus y los elefantes, los leones y las hienas? Poca cosa. Excepto por las reservas, donde nadie entraba salvo los turistas, las tierras vírgenes habían sido dedicadas a la ganadería o convertidas en pobres campos de cultivo. En otros lugares había fábricas y ciudades, o extensos basureros que alojaban los desperdicios del mundo moderno.

A pesar de todo, Hamza era un cazador. Su abuelo le había enseñado a seguir rastros, aunque fuera de pequeños roedores, y él había practicado el tiro al blanco con objetos inanimados, móviles o inmóviles. No obstante, a diferencia de su colega Randy Winston, él nunca había matado un solo animal. Su vocación de cazador era puro instinto, como los gatos domésticos que juegan con bolas de lana en lugar de ratones. Estaba bien así. Perseguir animales para protegerlos era igual de satisfactorio.

Hamza había atravesado medio mundo para llegar a Nueva York, obedeciendo un pedido de lo más extraño. Bueno, el pedido no era tan extraño, pero sí las explicaciones que llevaban a él. ¿La misión? Capturar a un tigre. ¿Lo raro del asunto? Para empezar, se trataba del mismo felino que le había destrozado los brazos a su colega Winston, quien no sólo había sufrido la amputación de uno de ellos, sino que se hallaba en un estado delirante para el que los médicos no tenían respuesta alguna. Básicamente se la pasaba diciendo incoherencias sobre reyes de la selva y precios a pagar por la osadía de mancillar lo que era sagrado.

En segundo lugar, el felino se había extraviado en plena Ciudad de Nueva York, y llevaba así varias semanas sin que nadie hubiera podido atraparlo. De algún modo había llegado hasta el mismísimo Parque Central, y todos los equipos destinados a recuperarlo habían desaparecido en él como si fuera la antigua Amazonia. Eso no tenía ningún sentido, pero más increíble era la siguiente pieza de información: una de las veterinarias del zoológico, la doctora Susan Dale, se las había arreglado para liberar a los demás animales encerrados, y éstos también se habían refugiado en el Parque Central.

Hamza había pensado que le estaban jugando una broma, pero no, la cosa iba en serio, y ahora él tenía que capturar al tigre fugitivo y posiblemente al resto de la fauna del zoológico. Para redondear la situación, nadie había contestado sus llamadas en las últimas cinco horas. Hamza, por lo tanto, se dirigió primero al zoológico, donde suponía que un grupo de expertos lo estaría esperando para ayudarlo en su tarea.

Mucho antes de llegar a destino, el hombre se dio cuenta de que algo no estaba bien. Era apenas la segunda vez que visitaba Nueva York, pero la recordaba como una ciudad ruidosa y ajetreada, con peatones que iban de un lado a otro muy concentrados en su objetivo. Esa tarde, en cambio, había muy poco tráfico, y las pocas personas que caminaban por ahí parecían deambular sin rumbo fijo. Hamza vio a varios ejecutivos detenerse poco a poco, mirar en derredor y continuar la marcha en otra dirección, como si hubieran olvidado su propósito original. El cazador disminuyó la velocidad. Tenía miedo de atropellar a alguien o de chocar con otro automóvil.

Una sorpresa todavía mayor lo esperaba en el zoológico: las puertas estaban abiertas y al parecer no había nadie en su interior, ya fueran hombres o animales. El cazador bajó de su camioneta. Ahora sí que no entendía nada, y ahuecó las manos frente a su boca para llamar a gritos a quien pudiera escucharlo. Nadie le respondió, ni tampoco a sus llamadas telefónicas.

El hombre frunció el entrecejo. Estaba más confundido que nunca, y no sabía qué hacer a continuación. ¿Debía aguardar hasta que alguien fuera a buscarlo? ¿O marchar al Parque Central en busca del tigre perdido? Tal vez los empleados del zoológico estuvieran ahí... aunque Hamza comenzaba a dudarlo. El hombre no era supersticioso, pero de pronto sintió que estaba tratando con un poder más allá de su comprensión.

Volvió a la camioneta y arrancó de nuevo. Recordando los delirios de Randy Winston, se le ocurrió que hallaría las respuestas junto al animal que lo había iniciado todo.

Un rato más tarde, Hamza detuvo el vehículo frente al Parque Central, y no porque hubiera llegado a él, sino porque los árboles habían avanzado a su encuentro. El hombre bajó de la camioneta una vez más y contempló el extraordinario paisaje, tan asombrado que por un instante se quedó sin aliento.

El pavimento y los edificios estaban llenos de grietas, y la vegetación surgía de ellas como si la ciudad hubiera estado abandonada durante siglos. Los automóviles circulaban evitando las raíces y los troncos, pero allí donde no era posible, sus conductores se apeaban y continuaban a pie sin demostrar sorpresa o fastidio. Muchos de ellos abandonaban sus bolsos o portafolios, y Hamza vio a un hombre interrumpir una conversación por su móvil, contemplar el aparato unos segundos y dejarlo caer al suelo. Luego ese hombre se quitó los zapatos y la corbata y penetró en la arboleda, donde no tardó en desaparecer.

¿Qué clase de embrujo era ése?, se preguntó el cazador. Una especie de selva se estaba apoderando de Nueva York y parecía lo más natural del mundo. Hamza volvió a pensar en Randy Winston y un escalofrío recorrió su espalda. Tenía que dar la vuelta y huir. Tenía que marcharse de ese lugar antes de que el embrujo lo afectara a él. Retrocedió hasta su camioneta... y se detuvo, porque se dio cuenta de que otra parte de su ser también se moría de curiosidad. Además, aquello era... fascinante. Hacía tiempo que no veía tantos árboles juntos, y francamente había olvidado cuánto le gustaban. Estiró un brazo para retirar del vehículo su rifle de dardos; luego lo pensó mejor y también encajó en su cinturón un cuchillo grande, de doble filo. Equipado de esta manera, él también se metió en el parque.

Lo primero que llamó su atención fue el clima: hacía calor ahí dentro, y la humedad era sofocante. Hamza abrió los botones de su camisa hasta dejar su pecho al descubierto, pero eso no le bastó para refrescarse, de modo que se quitó la prenda y la ató a su cintura. Una mariposa grande pasó frente a él. Por lo que el hombre sabía, esa especie no existía en Nueva York. Hamza pasó una mano por su frente y siguió caminando, atento a cualquier movimiento o sonido amenazador.

Las construcciones humanas del parque seguían en su sitio, pero había que prestar atención para verlas porque estaban cubiertas de hojas y enredaderas. De los senderos no quedaba mucho a estas alturas, y Hamza se preguntó si a la mañana siguiente sería capaz de distinguirlos. Probablemente no.

El cazador sintió que alguien lo observaba, pero tardó un poco en descubrir la figura oculta entre las ramas. Era una mujer joven, desnuda, cubierta de barro. Sus ojos azules destacaban como zafiros en la penumbra, y no había nada humano en su expresión. Aun así, Hamza creyó reconocerla por una foto que Winston le había enseñado.

—¿Doctora Dale? —preguntó el cazador. Ella no respondió. Se lo quedó mirando un poco más, evaluándolo en silencio, y luego escapó con la agilidad de un simio, saltando de árbol en árbol. Algunas aves chillaron a su paso.

Hamza secó de nuevo el sudor de su frente, aunque empezaba a acostumbrarse al calor. Sospechaba que muy pronto se sentiría cómodo ahí, y tal vez no le parecería mala idea quitarse toda la ropa, igual que la mujer.

Unos gruñidos y ronroneos llegaron a él. Apretando el rifle en sus manos, el hombre continuó avanzando en esa dirección. Sentía que estaba a punto de ver algo temible y maravilloso al mismo tiempo, algo que cambiaría su vida para siempre. Dar la vuelta ya no era una opción.

Los árboles se abrieron un poco, dejando entrar la luz del sol, y ahí, sobre la hierba, estaba el tigre. Su pelaje brillaba con colores intensos, y su presencia llenaba el claro más allá del espacio que realmente ocupaba su cuerpo. Sentado sobre sus patas traseras y agitando su cola anillada de un lado a otro, le dirigió al recién llegado una mirada de advertencia. El hombre levantó su rifle y apuntó, pero su dedo no oprimió el gatillo. El tigre era muy hermoso.

Había una hembra en la periferia del claro. Ésta se aproximó al tigre y restregó la cabeza contra su costado, y él le respondió con un gruñido afectuoso. El rey y la reina del Parque Central, pensó el cazador; Adán y Eva de un nuevo mundo. ¿O sería de un viejo mundo que volvía a nacer? Daba lo mismo. No sería él quien perturbara la escena, de modo que bajó el rifle y lo depositó en el suelo, como una ofrenda de paz. La mirada del tigre se suavizó. Parecía satisfecho.

Tanta belleza, pensó el hombre, retrocediendo paso a paso. Tanta belleza al borde de la extinción, rescatada en el último minuto por un milagro. Los labios de Hamza se curvaron en una sonrisa cuando un pavo real se cruzó en su camino, deslumbrándolo con los destellos de sus plumas. Ninguna obra de arte humana había llegado a superar eso.

El cazador se desvistió por completo. Ahora el calor le resultaba agradable, así como el tacto de la tierra bajo sus pies. ¿Qué necesitaba un hombre para vivir? ¿Computadoras, dinero, automóviles caros? Bah. La especie había existido miles de años sin nada de eso, y sin destruir su entorno para crear un ambiente artificial.

Lo único que Hamza conservó fue el cuchillo. Por unas horas, al menos, hasta que lo usara para afilar un palo. Necesitaba una lanza.

Esa noche cazaría su propia comida.

[Continuará... No, era broma, ya se acabó :D]

FIN


[Nota: Espero no haber exagerado con el alegato ecológico. Lo que me seducía de la historia era la idea de una evolución inversa. La naturaleza conquistando la civilización. Que conste que me gustan ciertas comodidades de la vida moderna, ¿eh?]

Emma

22 de julio de 2011

LA MALDICIÓN DEL TIGRE (2)

[Segunda parte del cuento. La primera está aquí.]

El avión cruzaba el Atlántico sin tropiezos de ninguna clase, rozando apenas con su vientre metálico algunos montones de nubes aborregadas. A la doctora Susan Dale no le gustaba mucho el transporte aéreo, pero ese día tuvo que admitir que estaba bastante cómoda en el compartimiento de carga, sola en la penumbra. Bueno, no exactamente sola. Ella cuidaba de cierto pasajero peludo, y aunque éste no hablaba, su compañía le resultaba más satisfactoria a la mujer que la de muchas personas.

El tigre descansaba en su jaula, despierto pero en calma. Era un poco extraño; después de haber mandado a Randy Winston al hospital con heridas gravísimas, no había dado un solo problema desde su captura a pesar de ser un animal salvaje. La doctora Dale había traído suficientes tranquilizantes para todo el viaje, pero ya pensaba que no tendría que usarlos. Mejor así, por supuesto. Bastante malo era haber tenido que sacar al animal de su entorno como para encima mantenerlo drogado. Esa mirada inteligente, su indolencia gatuna, la elegante pose de esfinge... ella no quería arruinar eso. Y la forma en que el tigre la miraba de reojo la hacía estremecerse, pero no de miedo, sino de emoción. Susan estaba frente a una de las especies más bellas del planeta, y cada vez que el tigre le prestaba atención era como un obsequio. Ella no tenía la obligación de cuidarlo, tenía el privilegio de cuidarlo, igual que un tesoro. Además, ya podía verse supervisando a los nuevos cachorros que el animal engendraría, y que sin duda serían tan magníficos como él. Las cosas no podían salir de otra manera.

El felino bostezó y luego se dio vuelta en la jaula para mirar a Susan fijamente, transmitiéndole su fuerza y serenidad. De pronto ella se sintió parte del tigre y su mundo: oculta entre los árboles, escuchando el canto de las aves mientras esperaba que algún herbívoro incauto se pusiera a su alcance para saltar sobre él y devorarlo. Era el llamado de la naturaleza, exhortándola a convertirse en lo que su propia especie había sido alguna vez, cuando los seres humanos aún no conocían el lenguaje escrito y vagaban por el mundo en grupos, recolectando frutos y cazando animales sin más ayuda que palos y piedras. Era una existencia dura pero sin artificios, y los hombres y mujeres formaban parte de la tierra en lugar de explotarla según su conveniencia. El ciclo de la vida y la muerte en su forma original.

La aversión de Susan por los aviones regresó en toda su intensidad. ¿Qué hacía en una máquina voladora? Ella no tenía alas propias, y sólo así concebía la idea de remontarse en el aire. Se quitó los zapatos. Ahora la molestaban, porque no le permitían sentir de qué estaba hecho el suelo bajo sus pies. Pero no se sintió mucho mejor después de quitárselos, debido a la superficie lisa y dura que la sostenía. En ese momento hubiera dado cualquier cosa por caminar sobre la hierba o la arena, atravesando las distancias con el esfuerzo de su propio organismo. Las máquinas no tenían alma, eran cosas frías y muertas que sólo producían contaminación y ruido.

El tigre ladeó la cabeza. Susan tenía muchas ganas de tocarlo, de acariciar con sus dedos el hermoso pelaje y disfrutar al mismo tiempo de su calor. Pero le daba un poco de miedo. O quizás fuera respeto. En comparación con el tigre, ella era muy poca cosa.

El resto del vuelo pasó sin que la mujer lo notara, como si hubiera retrocedido en el tiempo a una época anterior a los relojes, las horas y los minutos. Lo que importaba en ese entonces eran los ciclos de la noche y el día, las estaciones, el hambre y los latidos del corazón. ¿Qué falta hacían los calendarios? Parecía tonto medir lo que no se podía cambiar.

La luz del exterior penetró el compartimiento de carga cuando la puerta se abrió, y Susan vio un par de rostros conocidos pero que le costó muchísimo identificar, porque sus nombres no significaban nada para ella. En lugar de eso tuvo que recurrir a los olores y las voces, y recién ahí pudo responder con un gesto a los hombres que la saludaron. Ellos se detuvieron y la miraron con extrañeza.

—Doctora Dale, ¿se encuentra bien? —preguntó el que se hallaba más cerca. Susan tuvo que abrir la boca varias veces antes de conseguir articular unas palabras.

—Yo... estoy... bien.

—Ah. ¿Por qué no le avisó al piloto que hacía calor aquí dentro?

¿Calor? ¿Hacía calor? Ella no se había dado cuenta. ¿De qué estaba hablando el hombre? Susan percibió una brisa fresca en sus brazos, piernas y estómago, y al verse a sí misma descubrió que apenas estaba vestida. Se había quitado la chaqueta además de los zapatos, y había usado las tijeras de su equipo quirúrgico para recortar su blusa y pantalones. No recordaba nada de eso, pero pensándolo bien, no había sido tan mala idea. Se sentía... más libre.

—Bueno, da igual —continuó el hombre—. El camión está esperando para trasladar la jaula. Ya tenemos los permisos de aduana. ¿Está sedado? Se ve muy tranquilo...

Susan miró al tigre. No había cambiado de posición ni de actitud, aunque sí parecía más alerta que antes. Como si esperara... algo.

Por centésima vez, Susan reprimió las ganas de acariciar al tigre y se dijo que no debía sentir lástima por el hecho de que fuera a pasar de una jaula a otra. Al fin y al cabo, pronto estaría con dos bellas compañeras y en un espacio grande y adecuado a sus necesidades. Viviría muchos años disfrutando de todas las comodidades posibles, querido y admirado por los visitantes del zoológico, y... y...

Pero ya no sería un rey, pensó la mujer. Y si la especie no se recuperaba, el tigre se convertiría en una reliquia. No era el destino apropiado para semejante maravilla.

Una hora después, la jaula estaba en el camión y éste se dirigía al zoológico por una calle gris flanqueada de edificios igualmente grises. Las personas circulaban como en manadas de un lado a otro, ajenos a la ausencia de árboles. Había algunas plantas en tiestos, pero eran parte de la decoración.

Susan se percató de lo mucho que odiaba las grandes ciudades. ¿Cómo podía siquiera haber aire respirable entre tantos muros de concreto? El cielo apenas se veía allá en lo alto, como si las construcciones humanas también se lo hubieran tragado. La mujer sintió que se ahogaba y abrió otro botón de su blusa. Ya se le veía el sujetador, pero no le importaba; era su cuerpo, algo perfectamente natural y de lo que no tenía por qué avergonzarse. Que el conductor la mirara, si eso lo hacía feliz.

Un sonido empezó a elevarse desde la parte de atrás del camión. Al principio era un murmullo suave, pero luego fue creciendo hasta convertirse en un poderoso ronroneo. Susan estuvo a punto de preguntar si algo le pasaba al motor del vehículo, pero entonces supo que el sonido provenía del tigre. No, no podía ser, se contradijo después; los tigres no ronroneaban... ¿o sí? Daba igual. Como fuera, el sonido había opacado el bullicio de la ciudad, desde el tráfico hasta las maquinarias de construcción. Susan no escuchaba otra cosa, y poco a poco el ronroneo se apoderó de ella, haciéndola olvidar todo lo demás. El conductor tampoco parecía ajeno a su influencia, porque a menudo giraba la cabeza hacia atrás, cada vez más distraído.

Susan dejó de ver los edificios. Tenía la mente llena de hojas verdes, lluvia, flores y monos. Sus oídos percibían, por debajo del ronroneo, cantos de pájaros y el croar de las ranas. Y le gustaba todo eso. Se sentía como en casa.

La mujer apoyó una mano en la de su compañero y lo miró sin decir una palabra. No hacía falta. El conductor adivinó lo que ella quería decirle y se limitó a girar el volante, desviando al camión del flujo de vehículos. De esta manera llegó a una calle poco transitada, y ahí pisó el freno. El ronroneo era más fuerte que nunca, y ahora también lo acompañaba el latido de un corazón. Susan pensó que era como una especie de música. Música de vida salvaje.

Hombre y mujer descendieron del camión y fueron hasta la parte de atrás. En la jaula, el tigre se lavaba una pata con la mayor tranquilidad del mundo, aunque dejó lo que estaba haciendo y se puso de pie al ver a ambos humanos. No intentó hacerles daño cuando ellos se acercaron para abrir la puerta de la jaula.

Segundos después, Susan tenía al tigre justo frente a ella, sin barrotes de por medio. No había agradecimiento en los ojos del felino, sino más bien una profunda soberbia. El orgullo de un rey. La mujer se puso de rodillas y extendió una mano. Estaba indefensa y lo sabía, pero no le importaba; se sacrificaría de buena gana si el tigre tenía hambre y decidía tomarla como su próximo alimento.

El animal acercó el hocico a la mano y dejó que Susan lo acariciara. Ella inclinó la cabeza y miró al suelo, y sus dedos recorrieron el pelaje del animal pasando por su frente, sus orejas y los mechones blancos a ambos lados de su cara. No era suave sino áspero y recio, la mejor protección contra los elementos. La mujer hubiera podido quedarse así durante horas.

El tigre se apartó y luego Susan percibió una corriente de aire a su derecha. Cuando ella se volteó, el animal había desaparecido entre los edificios como si fuera otra especie de jungla. Susan lo hubiera seguido... pero tenía algo más que hacer.

La mujer le indicó al conductor que regresaran al vehículo y ambos continuaron de camino al zoológico.

[Y como todavía falta la tercera parte... ¡otra vez continuará! Qué mala soy. :D]

Emma

15 de julio de 2011

LA MALDICIÓN DEL TIGRE (1)

[Nota: El cuento quedó algo más largo de lo que yo esperaba (me suele pasar), así que lo voy a poner por partes. Son tres. Y siguiendo el orden natural de las matemáticas, aquí va la primera.]

Los sonidos de la selva llenaban el aire tanto como la humedad y el calor, completando aquel entorno salvaje por el que los humanos se desplazaban con el mayor sigilo posible. Esto último no resultaba nada fácil; la vegetación era espesa y a menudo obstruía el camino, y los insectos picadores no dejaban de acosarlos. A Randy Winston, sin embargo, nada de eso le importaba. Hacía más de diez años que no pisaba una selva de verdad, y tal ambiente reconfortaba su espíritu de cazador. O mejor dicho, su espíritu de ex cazador.

La expansión humana había reducido los espacios vírgenes a unos pocos parches aislados. Existían reservas y zoológicos, por supuesto, pero sin las grandes extensiones que permitían la diversidad genética, buena parte de las especies grandes se hallaba al borde de la extinción. Era por eso que Winston ya no cazaba. Simplemente no quedaban presas, y el hombre había puesto sus servicios a la orden del World Wildlife Fund for Nature con la esperanza de que algún día sus animales favoritos volvieran a recorrer el mundo con libertad. Los activistas del WWF no lo tenían en muy alta estima debido a sus intenciones, pero hacían buen uso de su habilidad para el rastreo y su puntería con el rifle de dardos.

Winston apartó una mosca que zumbaba frente a su cara y usó un pañuelo para secar las gotas de sudor que se le metían en los ojos. Necesitaba ver con claridad, porque las huellas eran muy sutiles y cualquier distracción era suficiente para que se confundieran con otras depresiones del terreno. Además, a sus cincuenta y cuatro años Winston ya no tenía la agudeza visual de su juventud. Debía ser cuidadoso o el animal escaparía. Otra vez.

Los granjeros locales lo llamaban Muerte Silenciosa en hindi. El tigre salía de la selva por las noches, atrapaba a alguien y desaparecía con su víctima en la espesura. Nunca se encontraban los restos del cadáver, salvo quizás algún zapato o pedazo de tela. Sólo un niño había visto al animal, la noche en que éste se llevara a su hermanito de cinco años cargándolo en la boca igual que una gata a sus bebés. Era un gigante, le había dicho el niño a Winston; un gigante del color del fuego, con rayas negras como la noche y ojos amarillos y relucientes como el sol. Y hermoso, muy hermoso. Ése era un detalle que a Winston le había llamado la atención: que el niño alabara la belleza del tigre aunque hubiera devorado a su hermano. Pero el hombre podía entenderlo. Pocas cosas en el mundo eran más perfectas que un tigre, un ser que reunía gracia, fuerza y astucia en un solo cuerpo, pintado a su vez por la naturaleza con un diseño exquisito. Quien jamás hubiera visto un tigre y lo tuviera ante sí por primera vez, sin duda pensaría que algo tan magnífico no podía ser del todo real.

Quedaban apenas cincuenta y ocho tigres en el mundo, confinados en dos estaciones de cría. El animal de esa selva era el primer ejemplar en estado salvaje del que se tenía noticia en los últimos veinte años, y dado que al parecer estaba solo, el objetivo era capturarlo con vida, trasladarlo a Nueva York y ponerlo ahí con dos hembras fértiles y sanas a fin de obtener cachorros. Era crucial obtener sangre nueva; la endogamia había vuelto a los tigres muy susceptibles a una enfermedad viral, y un nuevo brote de la misma podría matarlos a todos en menos de una semana. Eso había pasado con los guepardos, que ahora sólo existían en los documentales. Era una pena. Nunca más volverían a correr detrás de las gacelas, aunque a decir verdad tampoco quedaban muchas de ellas para perseguir.

Winston se detuvo un momento. Acababa de encontrar una huella muy clara en el barro: cinco almohadillas perfectamente dibujadas. El primer pensamiento del hombre fue que el niño había tenido razón, pues un cálculo rápido le permitió saber que el animal sí era grande, más que el promedio. Algo así como trescientos kilogramos de puro músculo, dientes y garras. Randy Winston se moría de ganas por enfrentarse a él cara a cara, aunque no fuera a matarlo. Sería toda una experiencia.

Por fin llegó el momento en que la nariz del hombre captó su objetivo: el olor de la guarida. Su instinto más primitivo, el de supervivencia, le indicó que retrocediera porque ese olor significaba peligro; sin embargo, Winston se había entrenado para desoír ese tipo de advertencias, y lo que mandó fue la voz de su intelecto diciéndole que él era el depredador. La bestia no era rival para su inteligencia superior... ni el anestésico que pronto recibiría a través del dardo. Ya eres mío, pensó el hombre, y una sonrisa cruzó su rostro de barba incipiente.

Winston hizo un gesto a sus colegas: debían moverse con mayor sigilo todavía para no alertar al felino, cuyo sentido del oído debía ser muy agudo. El cazador esperaba que, debido a la hora, el calor y el festín que seguramente se había dado con el último granjero, el animal estuviera durmiendo o por lo menos aletargado. Podría dispararle desde una buena distancia; sólo necesitaba un blanco nítido y medio segundo para oprimir el gatillo. Pan comido.

Winston avanzó unos pasos más. Ya creía ver algo a través de la maleza, unos... ¿muros de piedra? Sí, eso eran, pero no le sorprendió. Había muchos templos abandonados en la región, y a los animales les gustaba usarlos como refugio. El tigre debía hallarse en algún lugar entre las piedras, a la sombra, en el fresco. Winston rodeó los pocos restos de la construcción... y no vio nada más que un montón de hojas aplastadas. El hombre titubeó un instante. Luego hizo una mueca de enojo: el tigre los había escuchado llegar. Demonios. Pero no podía estar demasiado lejos, porque el lecho vegetal se veía como recién abandonado y había huellas muy recientes en su periferia. Sólo tenían que seguirlas y...

Un minúsculo crujido fue el único aviso antes del ataque. Cualquier otra persona habría sucumbido en ese preciso instante, pero los reflejos de Winston estaban a la par de sus sentidos, y el hombre tuvo tiempo de darse vuelta y dispararle a la mole que estaba cayendo sobre él con las garras desenfundadas y los dientes expuestos, una larga y borrosa mancha anaranjada y negra. El dardo pegó en el blanco; Winston lo vio clavarse en la piel del tigre, y como no había tiempo para nada más, cruzó los brazos ante él para defenderse de la embestida que ya no podía frenar. El dolor fue inmediato, intenso, y le arrancó un grito antes de que el tigre lo aplastara contra el suelo, dejándolo sin aire. La cabezota del felino llenaba todo su campo visual: ojos dorados fijos en él con hambre y furia. Voy a matarte, le decían esos ojos; has invadido mi territorio y pagarás por ello con tu sangre. Aun así, Winston se perdió en la mirada del tigre como en un hechizo, porque tenía frente a sí a la bestia más admirable que hubiera visto en toda su existencia. Le estaba desgarrando los brazos con una facilidad pasmosa, iba a morderle la garganta a la menor oportunidad y entonces sólo le quedarían unos segundos de vida; sin embargo, lo que Winston pensó fue que ojalá sus compañeros no mataran al tigre para salvarlo a él, ya que estaba dispuesto a sacrificarse por aquella criatura tan magnífica. Nunca antes había pensado semejante cosa.

Hubo una confusión de voces y más disparos retumbaron en la selva. El tigre no había soltado a Winston, y sus garras dejaban largas y profundas marcas en su pecho. Los brazos del hombre eran sendos despojos de carne ensangrentada. Winston seguía gritando de dolor. Ya no le quedaba mucho tiempo, lo sabía, y sólo esperaba que el sufrimiento acabara pronto y que el tigre sobreviviera. No era una mala forma de morir, como un cazador cazado.

Las mandíbulas del animal aflojaron la presión. Los dardos estaban haciendo efecto, y poco a poco el tigre perdió fuerzas, derrumbándose sobre su presa como un peso muerto. Winston aún contemplaba los ojos dorados del felino, que se vaciaron de expresión al tiempo que la droga se apoderaba de la criatura, dominándola en silencio. El tigre se había dormido.

Winston se quedó ciego un momento, por la falta de aire y la pelambrera del animal que tapaba su cara. Luego sus compañeros empujaron al tigre a un lado y el cazador vio el primer rostro que se inclinaba sobre él manifestando preocupación.

—Randy, ¿puedes hablar?

El aludido no entendió la pregunta. Giró la cabeza hacia el felino, que yacía de costado y respirando suavemente. Sí, era hermoso. Una obra de arte maravillosamente letal.

—Es un rey —balbuceó Winston—. El rey de los tigres.

—¿Qué has dicho? —preguntó el otro hombre.

—Nos estamos llevando el corazón de esta selva—murmuró Winston mientras su propia conciencia se desvanecía—. Habrá... consecuencias.

Después de eso lo invadió la oscuridad.

[Y como dicen en las pelis... ¡continuará!]

Emma

Aclaración (añadida el 3 de enero de 2012): Por las búsquedas en la sección de estadísticas de este blog me he enterado de que existe un libro con el título La maldición del tigre, de Colleen Houck. Les aseguro que fue una coincidencia. El libro de Colleen Houck suena interesante, por cierto. ¡A ver si lo encuentro en alguna librería!

8 de julio de 2011

EL GRANO DE ARENA

Estoy escribiendo un cuento para poner aquí en los próximos días, pero mientras tanto quisiera responder la eterna pregunta: ¿de dónde sacamos las ideas los escritores? Respuesta: existe un banco de ideas disponible sólo para los escritores mediante una especie de tarjeta de crédito literaria. Nah, era broma. :P En realidad, las ideas pueden salir de cualquier lado, al menos en mi caso. A veces surgen de algo que he visto o escuchado, otras veces se me ocurren a partir de algún sueño loco. Creo que hay dos factores clave en el proceso creativo: la combinación de ideas que resulta en un concepto novedoso, y la pregunta "¿qué tal si...?" De eso puede salir cualquier cosa. Y cuando digo cualquier cosa, es cualquier cosa. Sin limitaciones. Por supuesto, luego dependerá de la mente lógica del escritor sacar de la idea una historia más o menos coherente, aunque se trate de dinosaurios que pilotean naves espaciales o mundos fantásticos donde los magos convierten a las personas en piedra cada vez que estornudan (¡eh!, acabo de inventar esto último, pero quizás lo utilice en algún cuento).

La idea vendría a ser el grano de arena sobre el que se forma la perla. Claro que, dependiendo de la habilidad del escritor (o la dificultad particular de la idea), lo que se forma puede no ser una perla sino un pedrusco inservible. Otras veces sí sale una perla, pero hay que darle una pulida para que quede redondita y lista para convertir en una pieza de joyería.

Por todo lo anterior, lo mejor que puede hacer un escritor para tener ideas originales es llenar su base de datos, como diría James Christensen (que no escribe, sino que pinta; su galería está aquí). Cuanto más conocimiento tenga el escritor sobre el mundo que lo rodea, más capaz será de combinar ideas o de imaginar nuevas posibilidades.

En mi caso particular, leo cualquier cosa (y en el baño, como dije en mi post anterior). Artículos sobre ciencia, tecnología, política, humanidades y etcétera. Y muchas, muchas novelas. Aunque las novelas no las leo por la información (que a menudo tiene errores o ha sido modificada al servicio de la historia), sino para conocer la visión/interpretación de otras personas sobre el mundo, lo que en cierta manera también ayuda a entender la realidad. Hay escritores muy observadores. A veces mencionan algún comportamiento humano en sus novelas y yo me digo: "¡Eh, pues es verdad que hay gente así, no me había fijado!"

Por último, debo decir que tener una idea es como si se encendiera la típica lamparita en la cabeza, o como si uno hallara un rubí entre las conchillas de la playa. A uno le viene un subidón de felicidad, y el cerebro se enciende con fuegos artificiales de todos colores. ¡Cabuum! :)

Para la próxima entrega, el cuento. ¡Hasta entonces!

Emma

1 de julio de 2011

ÉRASE UNA VEZ...

Dicen que así empiezan las mejores historias. En todo caso, es el típico comienzo de las primeras historias que leí en mi vida: los cuentos de hadas (por ahí también había unas cuantas revistas de historietas de Disney y la Pequeña Lulú). Así fue como me convertí en una lectora voraz, que actualmente no es capaz ni de ir al baño sin llevar algo para leer.

Lo de escribir empezó un poco más tarde. Llegó el momento en que mi cerebro se cansó de solamente leer las historias ajenas y empezó a crear sus propias historias. En algún momento esa afición se convirtió para mí en algo tan vital como respirar (bueno, tal vez estoy exagerando; respirar sigue siendo más importante). No pasa un solo día sin que no le dé vueltas a una historia u otra, imaginando personajes y situaciones. Algunos de esos personajes casi que son parte de la familia, igual que los gatos y mis tarántulas (no me miren así, las arañas son hermosas y fascinantes).

Quizás debido a los cuentos de hadas, me gustan el horror y la fantasía. En serio, ¿se puede imaginar algo más fantásticamente macabro que los cuentos de hadas? ¿Niños abandonados en el bosque por sus padres, abuelitas devoradas por lobos, madrastras que ordenan asesinar a sus hijas? Dan escalofríos, ¿verdad? Por supuesto, ahora que soy grande también leo libros para adultos, empezando por el viejo y querido Stephen King. ¡Y su hijo Joe Hill también escribe! No se pierdan Cuernos, está estupendo. El hijito no tiene nada que envidiarle a papi en cuestiones narrativas.

Me gusta escribir para entretener. Y para asustar, aunque a veces es difícil ya que debo competir con la realidad. Tengo la suerte de que muy pronto saldrá a la venta una de mis novelas cortas, así que me encuentro en un estado de ¡yupi-yupi-yupi-qué-feliz-me-siento! :) Sobre todo después de haber leído tantas veces que publicar algo hoy en día con editoriales "de verdad" es casi imposible. Sin embargo, hay muchas horas de práctica detrás de lo que escribo, así que quizás no sea yo tan suertuda después de todo. En fin, les avisaré cuando tenga más novedades al respecto. Mientras tanto, me gustaría compartir aquí otras historias que he escrito, y varias cosas que he aprendido sobre la creación literaria. Pongámoslo de esta manera: escribir bien no es fácil. De acuerdo, a veces sí lo es, cuando surge de la nada un chispazo de inspiración y la historia parece escribirse sola; el resto del tiempo, no obstante, hay que poner a trabajar la materia gris hasta que echa humo igual que una locomotora. Chucu-chucu-chucu (y casi siempre cuesta arriba).

Esto es todo por ahora. Los invito a acompañarme en mi viaje por el mundo de la literatura. Algo así como en La historia interminable.

No olviden la alfombra mágica y un hada madrina :) (y quizás un hacha para decapitar a la bruja malvada).

Emma