7 de noviembre de 2012

SOBRE PLANES Y SEUDÓNIMOS

Mientras sigo trabajando en la nueva portada de Entre rejas, aprovecharé para ponerlos al tanto de mis planes. Verán, además de Entre rejas y la historia inédita que publicaré en el mismo libro (de la que todavía no voy a decir ni mu), yo le había presentado otras seis ideas a la editorial, todas para novelas cortas de horror. Voy a escribirlas y las sacaré de a pares. Eso sí: al igual que Entre rejas, las publicaré bajo mi nombre real.

(Insertar silencio sorprendido por parte de la audiencia. Bueno, probablemente no me esté leyendo mucha gente en este momento, pero igual voy a imaginarme que hay como mil personas sorprendidas al otro lado de la pantalla. Porque hoy necesito levantarme un poco el ánimo.)

Repito: Emma Goshawk no es mi nombre real. Sorry. :) Me pidió la editorial que lo inventara para la colección de libros de bolsillo, por cuestiones de tradición, y me pareció que sería divertido hacerme una... ejem... identidad secreta (qué rayos, si están de moda los superhéroes).

En fin, como ya dije, publicaré las ocho historias bajo mi nombre real, que revelaré al momento de subir Entre rejas a Amazon (pista: son las mismas iniciales, pero al revés). Este blog seguirá marchando con el seudónimo, por si alguna vez necesito tener un segundo nombre. :P (Nunca se sabe.)

Y ahora me vuelvo al trabajo. :)

Emma

31 de octubre de 2012

ADELANTO POR EL HALLOWEEN

Me hubiera gustado poder lanzar Entre rejas en esta fecha, pero va a demorarse un poquito más porque tengo que hacerle una portada propia. Sin embargo, no podía dejar pasar el Halloween (¡adoro el Halloween!), así que voy a ofrecerles un pequeño adelanto de la historia. :) Aquí va...

ENTRE REJAS

El coche patrulla circulaba por la interestatal, devorando millas y millas bajo un sol abrasador. Incluso con el aire acondicionado a tope, la temperatura dentro del vehículo era insoportable, pero ésa no era la única razón por la que el hombre en el asiento del pasajero sudaba sin parar. Después de enjugarse la frente con un pañuelo que ya estaba ensopado, el detective Kevin O'Reilly, del Departamento de Policía de Nueva York, miró su reloj por centésima vez.

—Tranquilo, colega —le dijo el conductor—. Vamos a llegar a tiempo. Mi equipo y los federales ya deben estar rodeando el lugar; esta vez ese tipo no irá a ninguna parte. Todo está saliendo de acuerdo al plan. —O'Reilly murmuró algo—. ¿Disculpe? No le entendí.

—Lo siento. Dije que eso es precisamente lo que temo.

—No comprendo.

—El hecho es que sí, todo va de acuerdo al plan, pero no es nuestro plan, sino el suyo, y me preocupa que esté tramando algo.

—¿Como qué?

—No lo sé —contestó O'Reilly—. Cualquier cosa. Tal vez haya puesto explosivos, o tenga cómplices armados, o quizás no desee entregarse después de todo y simplemente nos haya preparado otra sorpresa desagradable y sangrienta.

—Pero dijo que iba a entregarse, ¿no? ¿Y no dicen que algunos asesinos seriales tarde o temprano buscan ser capturados?

—Eso dicen, pero yo aún no termino de descifrar a este tipo. Tampoco los del FBI.

—Bueno, yo supongo que en realidad no importa que lo entendamos. La cuestión es que lo atrapemos vivo o muerto, y créame, habrá tantos policías y federales en esa fábrica, que si de verdad está ahí no habrá una mínima posibilidad de que escape. Tranquilícese. ¿Quiere una botella de agua fría? Debe quedar alguna ahí atrás.

—No, gracias.

—¿Seguro? Hay que mantenerse hidratado con este calor.

—Ya le he dicho que estoy bien.

—De acuerdo, de acuerdo.

El alguacil Morris siguió conduciendo, y O'Reilly miró su reloj de nuevo. Sí estaban en hora, pero eso no podía, ni de lejos, mitigar su ansiedad. Al menos el alguacil se había callado. Era un tipo decente y de buenas intenciones, y sabía hacer su trabajo; sin embargo, no tenía la más pálida idea de a qué se enfrentaban. No era lo mismo ver esas escenas del crimen en fotografías que contemplarlas en todo su horror en la vida real: los cuerpos desmembrados, las expresiones de miedo aún grabadas en los rostros que ya comenzaban a pudrirse, el olor, la sangre. No había nada técnicamente imposible en esas masacres, pero aquello no parecía la obra de un ser humano, sino de algo mucho más siniestro. Algo así como un demonio.

El asesino se hacía llamar M. Killer. Así era como había firmado sus cartas, todas ellas dirigidas, durante el último año, al detective O'Reilly. Por qué a él, eso no lo sabía. El asesino había matado "apenas" quince personas en Nueva York, pero cada vez que liquidaba a una nueva víctima o grupo de ellas, una carta llegaba sin falta al escritorio de Kevin O'Reilly. El bastardo era cuidadoso: nunca dejaba pistas ni huellas en sus mensajes. Tampoco una mísera molécula de ADN. Lo mismo valía para sus escenas del crimen, por extravagantes que fueran. ¿Por qué lo hacía, qué quería? Eso no lo mencionaba, pero el detective sabía leer entre líneas y tenía la impresión de que M. Killer asesinaba porque le resultaba divertido. A algunos les gustaba el modelismo, a otros los deportes... y unos pocos preferían descuartizar personas inocentes, igualito que en las películas de terror para jóvenes. Menudo pasatiempo.

—¿Sabe qué es lo que más me inquieta de ese tipo, alguacil? —explotó O'Reilly—. Que ni siquiera sabemos cuánta gente ha matado en realidad. Encontramos los cadáveres que él quiso que encontráramos, ni uno más, ni uno menos. Desde la primera escena supimos que no era un principiante. Entonces, ¿cuántos asesinatos ha cometido a nuestras espaldas? ¿Quinientos? Por eso me asusta tanto: es escurridizo, y mucho más listo que nosotros. Creo que todo lo que hace sirve a un propósito, y que sus cartas a mí fueron la fase final de... de su plan malévolo o como quiera llamarle. Si va a entregarse es por algo, no lo dude. Es decir, si es que realmente va a entregarse, cosa que no creeré hasta que lo tenga cara a cara y bien esposado.

—Comprendo —dijo el alguacil, pero O'Reilly no creyó que de verdad entendiera. Era una cuestión de instinto, y aunque Thomas Morris tenía muchos años de carrera, no podía haberse topado con nada parecido a esto.

—Trescientos cuarenta y seis —dijo O'Reilly—. Trescientos cuarenta y seis cuerpos son los que nos ha dejado encontrar en los últimos cinco años, repartidos en veintidós Estados. Hombres, mujeres, adolescentes, niños. Mata a cualquiera, donde sea. Es un jodido tiburón: mastica lo que roce su boca.

Esta vez el alguacil se abstuvo de hacer comentarios. ¿Qué podía responder a eso, de todas maneras?

La fábrica abandonada apareció poco a poco en el paisaje ondulante. O'Reilly no recordaba qué habían producido en ella, pero sí que la habían cerrado por altos niveles de toxicidad. Con un poco de suerte, M. Killer estaría adentro, hecho un fiambre momificado. Causa de la muerte: envenenamiento agudo. Por Dios, que así fuera. Le ahorraría a todo el mundo un montón de papeleo y gastos en tribunales, por no mencionar los dolores de cabeza. Si lo atrapaban con vida, aquello sería un circo para los medios.

Los demás policías y agentes federales ya estaban ahí, unos treinta o más, cada uno armado hasta los dientes y con chaleco antibalas. Sólo faltaba un equipo SWAT para completar la película. Los del FBI habían sido claros: M. Killer podía estar dispuesto a dejarse matar, y en ese caso tal vez deseara llevarse a unos cuantos consigo por una cuestión de ego. Eso O'Reilly no lo cuestionaba. Como estaban las cosas, sólo le hubiera sorprendido que M. Killer los recibiera con una bomba atómica o bajando del cielo en una nave espacial.

—¿Qué tan altos son los niveles de toxicidad? —le estaba preguntando un agente del FBI a un técnico.

—En la última inspección eran aceptables. Se puede entrar sin máscaras, pero nadie debería permanecer ahí mucho tiempo. Tenemos atropina por si alguien muestra síntomas. Ya están todos avisados.

—Entonces deberíamos entrar de una vez. Hace rato que estamos aquí, y él no ha dado señales de vida. Si no se encuentra ya en la fábrica, no creo que vaya a aparecer caminando. ¡Detective O'Reilly! Empezábamos a pensar que no vendría.

—No me lo perdería por nada —replicó el aludido, pero sin una pizca de humor—. Además, él pidió específicamente que yo estuviera aquí cuando se entregara. Para saludar a su "querido amigo por correspondencia".

El gesto afirmativo del agente le hizo saber a O'Reilly que había leído una copia de la carta. Quizás hasta la supiera de memoria.

—Quisiera entrar —dijo el detective—. Sé que estoy fuera de mi jurisdicción, pero prometo no hacer nada sin permiso. Es que quiero verlo por mí mismo. Todo esto ha sido una odisea.

—Creo que sobró un chaleco antibalas. Sólo le pido que no se meta en el camino de mis agentes. La última escena de Killer los dejó... algo nerviosos. Y créame que no se asustan fácilmente.

¿Agentes del FBI nerviosos? Estupenda noticia. Claro que O'Reilly estaba más que nervioso: a cada segundo se sentía más y más al borde del precipicio, y sólo esperaba que sus niveles de colesterol no decidieran jugarle una mala pasada en los próximos minutos. Ya bastante tenía con la úlcera que había desarrollado en los últimos seis meses.

O'Reilly giró la cabeza y comprobó que ya no había tanta seguridad en el rostro del alguacil. Él también debía haber sentido, por fin, que algo flotaba en el aire además de las sustancias tóxicas, pues a pesar del calor tenía erizado el vello de los brazos.

—Eso que percibe, alguacil Morris, es a Killer —informó el detective—. Tal vez no quiera entrar a esa fábrica.

—Esto nunca me había pasado, pero... de pronto me siento a punto de cagarme en los pantalones. Tiene razón, mejor me quedo aquí. Buena suerte.

Los hombres armados entraron a la fábrica por cuatro sitios distintos, siguiendo los planos. No se escuchaba nada ahí adentro, pero los recibió un hedor tan intenso que algunos policías se quedaron quietos un momento, mirándose entre sí con una expresión semejante al pánico. Olía a amoníaco y podredumbre. A muerte. En la fábrica los esperaba algo mucho peor que unos residuos tóxicos y el asesino en serie.

Continuaron avanzando, y el líder del equipo donde iba O'Reilly recibió un mensaje de otro grupo por la radio.

—Oh, Dios mío. Esto es...

No hizo falta pedir una aclaración, porque el grupo del detective pasó a otra sala y sus integrantes también se quedaron paralizados a causa de la sorpresa.

O'Reilly no pudo contar los cadáveres. Eran demasiados, algunos completos, otros en pedazos como muñecas rotas. De ellos provenía el hedor, y el detective tenía suficiente experiencia forense para determinar que los cuerpos habían sido depositados ahí en un lapso de varios meses, hasta la semana pasada o quizás menos. Estaban en diferentes posiciones: tirados por ahí de cualquier manera, colgados de las máquinas o dispuestos como maniquíes en un escaparate. Las ratas e insectos iban y venían alrededor de ellos disfrutando de su macabro festín, ajenos como siempre a las toxinas producidas por los humanos.

Dos de los policías y un agente federal se hicieron a un lado para vomitar. O'Reilly también sintió náuseas, pero había evitado a propósito llenar su estómago. Una sabia decisión.

—Esto no puede haberlo hecho un solo hombre —murmuró un agente cerca del detective—. Tiene que tener cómplices. Eso, o es el mismísimo Satanás.

—Tenemos que seguir —dijo el líder del grupo, recobrando la compostura antes que sus compañeros—. Adelante.

Continuaron avanzando, pues, y a cada paso se revelaban nuevos horrores que el detective hubiera deseado no ver, pero que tuvo que examinar a fondo por si el asesino se ocultaba entre los cuerpos. Así fue como descubrió los brazos, que señaló con un dedo tembloroso. Eran cinco, atados con alambre a un barandal, y todos apuntaban en dirección a unas escaleras de metal. Los hombres subieron por ahí, atentos a cualquier amenaza. La fábrica en sí ya era un lugar bastante inseguro, aparte de las toxinas: las escaleras estaban oxidadas, las cadenas en el techo podían caerse en cualquier momento, el techo no parecía muy firme. Sería fácil tender una emboscada entre tanto desorden.

Varios pasillos y muchos cadáveres después, llegaron a una sala más amplia. Un agujero en lo alto permitía la entrada de luz, y justo ahí donde caía el resplandor había un hombre sentado en una silla, leyendo un libro como si no estuviera rodeado de cuerpos putrefactos.

—¡Arriba las manos! —ordenó el líder del equipo, apuntando con su arma. El hombre en la silla soltó su libro y miró a los recién llegados. Debía tener unos cuarenta y cinco años, y su aspecto era de lo más corriente. Se levantó de la silla con toda la calma del mundo y, haciendo una inclinación teatral, dijo:

—Hola, caballeros. Me alegra que hayan acudido a la cita.

Kevin O'Reilly sintió un escalofrío.

[Bien, así es como empieza la historia. Espero que les haya picado la curiosidad. :) ¡En poco tiempo estará disponible el resto en Amazon!]

¡¡FELIZ HALLOWEEN!!

Emma

23 de octubre de 2012

AHORA SÍ, NOVEDADES

Antes que nada, debo disculparme por mi larga ausencia. :P La verdad es que estaba como un poco perdida, desanimada, y no se me ocurría qué decir. Luego leí este post en un blog ajeno: La noche de los bolsilibros vivientes, y me dije que ya era hora de hacer algo al respecto sobre Entre rejas. Lamento decir que la publicación se ha cancelado definitivamente, PERO ¡ahora existe Amazon! (Bueno, existía desde mucho antes, pero hace menos tiempo que está disponible para escritores extranjeros.) O sea, muy pronto publicaré Entre rejas por mi cuenta, junto con otra historia inédita de la que todavía no voy a decir nada, salvo que también es de horror (y tan horripilante, según mi madre, que no la piensa leer de nuevo). Si no tienen cuenta en Amazon, ¡no hay problema!, cada tanto permitiré la descarga gratuita en los días de promoción que permite el sitio.

Los mantendré al tanto de lo que pase. :)

Emma

27 de abril de 2012

MOSTRAR VS. CONTAR

Hay una razón por la que los editores y los agentes literarios gringos suelen insistir mucho sobre la cuestión del título, y es la siguiente: las historias quedan MUCHO más entretenidas cuando se muestra más de lo que se cuenta.

Pero ¿qué significa exactamente eso de "no cuentes, muestra"? Trataré de explicarlo con un ejemplo (bien macabro)...

VERSIÓN 1, donde cuento en lugar de mostrar:

La malvada bruja bajó unos minutos al sótano, donde tenía a los niños encerrados en jaulas con la intención de comérselos uno por uno. Ya había devorado a unos cuantos, y los huesos malolientes estaban apilados en un rincón. Sin embargo, uno de los niños se las había ingeniado para crear una llave de alambre, y no tardaría en salir de ahí y liberar a los otros prisioneros. Juntos derrotarían a la bruja y escaparían de su espantosa guarida.

VERSIÓN 2, donde muestro en lugar de contar:

La bruja bajó al sótano y sonrió a los niños, quienes se apartaron de los barrotes de sus jaulas, temblando de miedo. Dos de ellos se echaron a llorar.

—Ustedes serán los siguientes —les advirtió ella, señalándolos con su dedo rematado en una afilada y mugrienta uña. Los niños lloraron con más fuerza.

La bruja tomó un hueso de la mesa y terminó de roer los pedacitos de carne que restaban en él. Era alimento para ella, pero para los niños esos huesos habían tenido un nombre: Pedro. Una vez que la perversa criatura dejó limpio el hueso, lo arrojó al montón en una esquina. Un par de ratas se aproximaron para olisquear el nuevo regalo.

—Volveré —dijo ella, y se marchó del sótano riendo para así.

Una vez que la bruja se perdió de vista, Federico sacó de su bolsillo el pedazo de alambre doblado. Su experiencia como ladrón callejero le sería de vital importancia esta vez. Introduciendo el alambre en el candado, lo hizo girar hasta que se oyó un "clic". El niño sonrió. ¡Lo había logrado! Sacó el candado y abrió la puerta de la jaula, y por primera vez en semanas se sintió libre. Aún tenía el alambre en su mano.

—Silencio —dijo a los otros niños—. Enseguida los sacaré a ustedes también, y luego mataremos entre todos a esa maldita bruja.

Fin del ejemplo. ¿Se nota la diferencia entre una versión y la otra? ¿Cuál les parece más interesante?

Mostrar toma más tiempo que contar, pero en escenas clave es MUCHO más efectivo. En la VERSIÓN 1 de mi ejemplo, simplemente digo lo que pasa en la historia. En la VERSIÓN 2, se añaden detalles que HACEN a la historia sin tener que escribirlos como si fuese parte de un informe. Se muestra que la bruja es sádica, se muestra que los niños están aterrorizados sin decir que están aterrorizados, y adquirimos bastante información sobre Federico a través de sus acciones.

¿Cómo saber cuándo contar y cuándo mostrar? Al menos en mi caso, me rijo por lo siguiente: cuento las cosas que tienen una importancia secundaria o simplemente informativa, y muestro las escenas que son relevantes para el desarrollo de los personajes y/o la trama. En general creo que funciona. :)

Emma

20 de abril de 2012

¡LA ORTOGRAFÍA SÍ IMPORTA!

Me llama mucho la atención cuando los escritores descuidan la ortografía y encima pregonan que no tiene tanta importancia. ¿Cómo no va a tener importancia, si para empezar es su herramienta de trabajo? Es como si un pintor no supiera mezclar los colores.

Lo de "igual se entiende" no me vale. Dos sillas pueden ser igualmente buenas para sentarse, pero entre una silla fea y una bien terminada, ¿qué preferirá la gente en general?

Encima, la escritura es la carta de presentación de un escritor, y refleja muchas cosas: perfeccionismo, nivel educativo, incluso el nivel cultural. La gente que lee poco suele tener muchas faltas de ortografía, y no es bueno que exista la sospecha de que un escritor lee poco, dado que la lectura es fundamental para mejorar la escritura propia. En lo personal, suelo desconfiar de los escritores con faltas de ortografía. Casi siempre va ligada a defectos narrativos.

Y por último... hay que respetar a los lectores. Muchos de ellos detestan encontrar faltas de ortografía en un libro, incluso aunque no lo hayan pagado. Si al escritor no le importan sus lectores, de acuerdo, que no se preocupe, pero en el momento que vende sus obras, debería ofrecer el mejor producto posible a los clientes... o que luego no se queje si en los comentarios lo critican por las faltas de ortografía.

Y sí, las correcciones son aburridas. Pero no es excusa para saltárselas. :)

Emma

13 de abril de 2012

ALIMENTANDO LA CREATIVIDAD

"No tengo imaginación" es una queja que he escuchado a menudo, en general de gente que no se dedica al arte o la literatura. Sin embargo, la creatividad no es patrimonio exclusivo de los pintores, escritores o músicos, y hasta es posible que una persona que no se dedica a dichas actividades sea más imaginativa y creativa que una que sí lo hace. Los inventores, ingenieros y arquitectos necesitan esas cualidades, así como muchos otros profesionales cuyo trabajo demanda una cuota mínima de ingenio para satisfacer las necesidades de los clientes.

Sin embargo, éste es un blog sobre la escritura, así que me limitaré a mencionar cómo es que alimento mi creatividad a la hora de escribir, por si le sirve a alguien más. :)

Como ya había dicho en otro post, lo más importante es LEER. Lo que sea. Ficción y no ficción. Leer estimula el cerebro, desarrollando esas importantes conexiones neuronales que son fundamentales para la creatividad.

Leer ficción no sólo sirve para mejorar la capacidad narrativa propia, sino que también puede dar ideas. No hablo de plagio, claro; la mente tiende a sacar ideas por asociación, y cualquier cosa que desencadene ese mecanismo es válida. La no ficción aumenta nuestra base de datos, y cuanto más extensa sea la variedad de las lecturas, nos dará más conocimiento y más posibilidades de generar una historia. Ejemplos de los textos de no ficción que suelo leer: periódicos, revistas científicas, biografías y artículos de interés general (medicina, arte, literatura, sociología y etcétera).

Otra forma de alimentar la creatividad es OBSERVAR Y ESCUCHAR. Las personas son una fuente de inspiración interminable, aunque no las convirtamos en personajes. Cualquier situación puede ser el gatillo de una historia nueva; por ejemplo, un drama familiar o un romance entre personas que conocemos. Encima, aprender a descifrar a las personas ayuda a inventar personajes más creíbles.

Como dije en el párrafo sobre la lectura, muchas ideas se obtienen por ASOCIACIÓN. Por lo tanto, se puede alimentar la creatividad asociando conceptos diferentes, a fin de obtener una combinación que dé pie a una historia. Mi cuento La máquina de vida surgió de una mezcla de elementos, principalmente la historia bíblica de la creación, la inteligencia artificial y los problemas ecológicos actuales.

Y por último, para los que tienen sueños raros y encima son capaces de recordarlos (como yo), PRESTAR ATENCIÓN A LOS SUEÑOS es de gran utilidad, justamente porque el inconsciente tiende a hacer combinaciones que quizás no se nos ocurrirían estando despiertos.

Aplicando todo lo anterior, me voy a buscar mi próxima historia. :)

Emma

6 de abril de 2012

TE CREES QUE PUEDES BAILAR

Así se llama un concurso que es mi programa de baile favorito: So You Think You Can Dance. Al igual que con el reality show sobre las modelos (del que escribí aquí), hay cosas que también se pueden aplicar a la escritura.

Básicamente, el concurso de baile es como American Idol: los aspirantes hacen audiciones, de esas audiciones se seleccionan unas 200 personas para ir a Las Vegas, y en Las Vegas se seleccionan los 20 participantes (10 hombres y 10 mujeres) que bailarán en pareja hasta que, pareja a pareja, se vayan eliminando concursantes hasta llegar a la final.

El nivel es altísimo, por cierto. Los 20 bailarines del último grupo son capaces de hacer cosas increíbles y de bailar en diferentes estilos semana a semana, aprendiendo coreografías súper complicadas. Casi cualquier persona se sentirá como una tortuga viéndolos bailar.

¿Y cómo se relaciona el concurso de baile con la escritura?, se preguntarán. Bueno, pues aquí están las lecciones que he aprendido:

LECCIÓN #1: BAJA LOS PIES A LA TIERRA

Aunque el nivel del programa es altísimo, igual se presentan un montón de aspirantes que no están ni así de cerca de cumplir los requisitos. Muchos de ellos van por diversión, pero otros creen sinceramente que lo hacen bien... y se llevan un chasco en las audiciones cuando los jueces les dicen que no dan la talla para estar en el programa.

He conocido escritores así. A muchos de ellos les haría falta que alguien con experiencia les dijera que necesitan más entrenamiento antes de tratar de convertir la escritura en una profesión, porque luego se llevan una decepción grande cuando ninguna editorial los toma y los lectores tampoco les prestan mucha atención.

LECCIÓN #2: CÁLLATE Y ESCUCHA

Aquí me refiero a la gente que está en un grupo intermedio de habilidad. Lo hacen bien... pero todavía no califican. Ésos siempre están más dispuestos a escuchar, y les hace bien escuchar porque pueden volver a casa, seguir entrenando, mejorar y presentarse a la temporada siguiente, donde tendrán mayores oportunidades de calificar para ir a Las Vegas.

A veces me han pedido críticas escritores menos experimentados que yo. Curiosamente, los que suelen pedirme críticas son los que ya están bastante encaminados, no los que realmente necesitan las críticas con urgencia. ¿Se nota el patrón? Creo que la diferencia está en el ego. Es como si el ego alterara la percepción. En las audiciones del concurso, la gente que se presenta con mayor confianza es muy, muy buena... o muy, muy mala. Y una persona poco habilidosa con un ego muy grande no abre su mente al aprendizaje. Sin embargo, una vez que se asume que uno tiene que mejorar, es más posible asimilar consejos y lograr esa mejora.

LECCIÓN #3: NO SE VOLVERÁ MÁS FÁCIL

Una vez que los participantes del concurso van a Las Vegas... todo se vuelve más difícil. La selección es durísima, porque esos 20 participantes finales serán lo mejor de lo mejor. Lo mismo pasa con la escritura: a medida que uno avanza, la competencia se vuelve feroz y hay que endurecerse para escribir mejor. No es que los escritores se eliminen a unos a otros, pero sí hay un grado de competencia en cuanto a la calidad de la escritura. Las editoriales y los lectores en general buscan lo mejor, porque quieren invertir su dinero y su tiempo sabiamente.

LECCIÓN #4: LA VERSATILIDAD CUENTA

Después de que los jueces seleccionan a los top 20, viene la competencia en parejas. Cada semana los bailarines eligen por sorteo un estilo de baile (por ejemplo, vals, jazz o hip hop). Aquí es donde empiezan a contar el talento individual y la preparación, porque quien no sepa adaptarse de una semana a otra corre el riesgo de quedar afuera.

Con los escritores pasa lo mismo. No les conviene encasillarse en un solo estilo o un solo género de escritura, porque podría hacerles falta ampliar su espectro en algún momento de la carrera literaria, incluso aunque no escriban con fines comerciales. Las editoriales piden cosas distintas y los lectores también pueden llegar a aburrirse.

LECCIÓN #5: ¡CUIDA ESA PERSONALIDAD!

El concurso de baile no sólo elige al bailarín más talentoso, sino que la personalidad cuenta mucho porque los televidentes también votan. Una vez terminada la labor de los jueces (que en algún momento del programa pierden el poder de decisión), son los espectadores quienes eligen a su participante favorito. Ellos aprecian mucho el carisma pero también saben reconocer el talento, de modo que los bailarines tendrán que cumplir ambos criterios.

Lo mismito se vale para los escritores. Aunque no den la cara en presentaciones públicas, la personalidad también se demuestra en la escritura y en la interacción con los lectores en las redes sociales. ¡No hay que echar la cosa a perder con mala leche! (a menos, claro, que la mala leche sea una parte esencial del estilo literario del escritor en cuestión; en tal caso, lo que los lectores no perdonarán es la mala leche en el trato personal).

Para todo lo demás, se valen las lecciones aprendidas con las modelos. :)

Emma

30 de marzo de 2012

LA MÁQUINA DE VIDA (3)

[Ahora sí, la última parte...]

Sosteniendo a la criaturita peluda contra su pecho, Eiva siguió corriendo. Su corazón latía con fuerza y tenía los vellos de los brazos en punta, pero lo que realmente hería su espíritu era el ruido que hacía cada precioso árbol al ser destruido por la máquina. Cada vez que esto ocurría, Eiva sentía como si un cuchillo se clavara en su propia carne, o como si los pobres árboles le fueran arrancados del cuerpo en lugar de la tierra. Su temor se acrecentó al girar la cabeza para mirar hacia atrás, pues entonces comprobó que la máquina no sólo estaba cerca de ella sino que otras máquinas idénticas la seguían. Conformaban un auténtico ejército devastador.

No hizo falta llamar a Alfa de nuevo. Su propio ejército de máquinas estaba acudiendo al rescate, y ambos bandos se entrelazaron en una lucha feroz. Los soldados de Alfa eran más pequeños pero también más numerosos, y los guiaba una conciencia artificial que había aprendido a amar la vida. Los trozos de metal volaron por todas partes; los rechinidos de la batalla se volvieron ensordecedores y algunas chispas y llamas iniciaron pequeños incendios. Eiva se refugió detrás de unas rocas, protegiendo a su animalito y rogando por la victoria de Alfa. Todo estaría perdido si Alfa no ganaba; las máquinas enemigas eran demasiado grandes y fuertes como para que Eiva y los suyos lograran derrotarlas.

Se oyó un estruendo más fuerte que los demás. Uno de los destructores había caído, desparramando brasas fulgurantes como si fueran sangre. Las máquinas de Alfa eran más inteligentes que aquellas moles sin alma, y por tal motivo sabían detectar mejor los puntos débiles de sus adversarios. Todavía desde la seguridad de su escondite, Eiva sonrió.

El último enemigo acabó hecho trizas, aunque algunas de sus partes aún se movían por su cuenta. La batalla había terminado, y a pesar de que el ejército de Alfa también había sufrido pérdidas considerables, su mente cibernética estaba intacta y a salvo en el mismo lugar de siempre. Eiva salió de su refugio y dijo a la misma máquina que le había dado a su mascota: "Buen trabajo. Gracias." La máquina, que había sufrido su cuota de daños, saludó igual que antes y luego se marchó tambaleándose hacia el taller donde sería reparada. Eiva acarició a su amiguito peludo a modo de celebración por la victoria, y más tarde una llovizna apagó el fuego.

Ése fue el primer combate. De vez en cuando aparecían, quizás desde algún sitio donde hubieran estado almacenadas, más máquinas destructoras, pero Alfa siempre se las arreglaba para detenerlas. Siguió dando vida a más criaturas, mientras tanto, hasta que al fin completó el último código en sus registros. Para ese entonces hacía años que nada perturbaba la paz, y el mundo era tal como había sido antes de la hecatombe.

Eiva ya estaba muy vieja. Sus cabellos eran blancos y sus dedos apenas podían doblarse a causa de una enfermedad, pero a ella aún le gustaba sentarse en su colina a mirar el paisaje: la hierba fresca, los árboles, los riachuelos con peces y los pájaros y ciervos que iban de un lado a otro ocupados en sus asuntos. Eiva no había tenido hijos. Sus compañeros sí, y ella les había enseñado a esos chiquillos que la vida era sagrada y que no debía destruirse nunca más. Los niños habían aprendido la lección.

Eiva subió a la colina el último día de su vida. Podía sentir en los huesos y en el pecho que sólo le quedaban pocos minutos, y quería respirar una vez más el aire limpio y perfumado por las flores silvestres. Se llevaría los cantos de los pájaros en sus oídos de camino a la tumba, como joyas en un cofre.

Una máquina de Alfa detectó su presencia y caminó hacia ella. Sostenía algo con mucha delicadeza entre sus manos de acero y cables: otro animalito peludo. Se lo entregó a Eiva a modo de ofrenda, pues tal era su costumbre desde la primera vez.

"Lo has hecho bien, Alfa", dijo ella, acariciando al animalito a pesar del dolor en sus dedos. "No he tenido hijos pero te considero una parte de mí. Gracias por todo. Gracias por la vida."

Luego de decir estas palabras, Eiva se tendió en el pasto. Había una sonrisa en sus labios finos y con arrugas. Dio un último suspiro satisfecho antes de que su cuerpo dejara de funcionar. Intuyendo la muerte, el animalito saltó a la hierba y se marchó trotando en busca de alimento.

La máquina de Alfa también se recostó, apoyando su mano en la espalda de Eiva. No podía llorar ni gemir, pero aun así había algo en su postura y sus movimientos que delataba una gran tristeza.

En el oscuro lugar que alojaba su cerebro artificial, Alfa decidió que su labor estaba terminada. Desconectó sus circuitos uno por uno; se iría igual que Eiva, pues su alma había empezado con ella y también acabaría con ella. Con un poco de suerte y de sabiduría, no haría falta que nadie lo despertara para reconstruir el mundo por segunda vez.

Alfa se apagó por completo y todas las máquinas a su cargo dejaron de funcionar. Los seres vivos no se dieron cuenta porque ya no las necesitaban; el alimento crecía desde la tierra, los árboles les daban refugio y los animales los acompañaban y vestían con su lana. Así tenían que ser las cosas.

El cuerpo de Eiva se integró al suelo y volvió a nacer en forma de plantas e insectos, y las máquinas permanecieron inertes hasta el fin natural de la existencia.

FIN

Emma

23 de marzo de 2012

LA MÁQUINA DE VIDA (2)

Llegó el día en que Alfa ya no se conformó con los paisajes inventados, de modo que encendió todas las luces y las pantallas y otras máquinas que, tal como los compañeros de Eiva, habían estado durmiendo a falta de un mejor uso. Esas máquinas se levantaron sobre sus patas mecánicas y se colocaron en hileras, listas para recibir instrucciones; de igual manera, Eiva despertó a los suyos y les dijo: "Arriba todos. Se acabó el tiempo de esperar la muerte; vamos a recrear la vida."

Los compañeros de Eiva parpadearon, incrédulos al principio, pero luego entendieron que aquello era real. Entonces la esperanza se encendió en sus corazones, y así despejaron sus dudas y pusieron manos a la obra.

En la memoria de Alfa estaban los códigos de las criaturas vivientes, para ensamblar átomo por átomo, desde la materia inerte, las cadenas que luego habrían de multiplicarse por sí solas. En poco tiempo se sintetizó la primera especie: un ser vegetal, de delicadas raíces blancas y hojas verdes que crecían buscando la luz y el aire del cielo. De este ser vegetal nacieron muchos más, y cuando la cantidad fue suficiente, Alfa les ordenó a las otras máquinas que escarbaran la tierra en el exterior para ponerlos allí. Otras máquinas les dieron agua purificada y los seres vegetales crecieron sanos y fuertes, reproduciéndose con frutos y semillas hasta que por sí solas reconquistaron el espacio vacío que antes había sido suyo.

Eiva se sintió feliz y supo que Alfa también lo estaba. Pero aún quedaba mucho por hacer, miles y millones de códigos más para ser ensamblados con la materia.

Los años pasaron. Alfa ya no creaba paisajes artificiales; sus nuevos paisajes respiraban y crecían, y eran tan hermosos como los que Eiva había visto durante tanto tiempo en la pantalla. Pero Eiva ya no miraba la pantalla. Ahora podía caminar por los paisajes de verdad, pensando que eran maravillosos y que nunca más debían desaparecer. Ella y los suyos no cometerían los errores de sus antepasados.

Una de las máquinas controladas por Alfa caminó hasta Eiva y le entregó lo que parecía una bola de pelo muy suave. Ella tomó la bola en sus manos: era cálida y latía, y se estiró para mirarla a la cara con sus ojos marrones y confiados. Luego el animalito siguió durmiendo en las manos que lo sostenían, sabiendo que allí estaba seguro. Eiva sonrió y depositó un beso en la cabeza de su nuevo amigo. "Gracias", le dijo a Alfa, y la máquina le devolvió un saludo antes de seguir trabajando. Eiva se llevó el animalito a la casa que se había hecho en una colina, desde donde podía contemplar el mundo renacido. Planeaba vivir allí el resto de sus días, viendo a Alfa reconstruir en seres vivos el resto de los códigos en su memoria.

Entonces Eiva notó que algo extraño pasaba. Las aves y los mamíferos a su alrededor estaban inquietos, e incluso la criatura peluda en sus manos despertó de su sueño y se estremeció como si hubiera visto su propia muerte en los ojos de un depredador. ¿Qué era lo que provocaba esa reacción? ¿Había acaso algún tipo de amenaza en camino?

Eiva retrocedió llamando a Alfa y a sus compañeros, pero antes de escuchar una respuesta llegó a sus oídos un ruido de pasos tan potente que la hizo proferir un gemido. Aquellos pies debían ser enormes, y seguramente iban aplastando todo lo que encontraban a su paso. Esta idea convirtió el miedo de Eiva en enojo. Ella no permitiría que nada ni nadie destruyera lo que Alfa había construido con tanto cariño; no permitiría que el nuevo mundo se redujera a un patético desierto una vez más. Volvió a llamar a Alfa, por lo tanto, corriendo al mismo tiempo en busca de algo, cualquier cosa, que pudiera usar como arma en contra del inesperado invasor.

Una máquina tan grande como una torre apareció en el horizonte. Caminaba en tres patas, echaba humo por los costados y con sus brazos metálicos iba arrancando los árboles, los cuales trituraba en su boca llena de sierras. Detrás de éstas se insinuaban las llamas de un horno.

Esa máquina no obedecía a Alfa. Eiva ni siquiera podía imaginar de dónde había salido, pero algo sí tenía muy claro: había que detenerla cuanto antes.

[Segunda entrega. Lean la tercera parte para saber cómo termina la historia...]

Emma

16 de marzo de 2012

LA MÁQUINA DE VIDA (1)

[Este cuento está inspirado en parte por un sueño que tuve hace tiempo. El resto proviene de mis propias preocupaciones ecológicas. :P]

Había una vez un mundo que sólo era un triste despojo de lo que había sido muchos años atrás. Estaba lleno de polvo muerto, agua sucia y remolinos de viento que parecían lamentarse y llorar. No quedaban muchas huellas de criaturas vivientes en la tierra, pues se habían extinguido poco a poco tal como los colores cuando el sol se oculta en el horizonte, dejando tras de sí soledad y silencio. Sin embargo, el mundo esperaba. Sus átomos recordaban haber formado parte de seres que respiraban, se alimentaban de otros seres y luego morían para que sus descendientes tomaran su lugar. El mundo quería estar vivo de nuevo, y si antes había compuesto criaturas microscópicas en la vastedad de los océanos, quizás pudiera lograrlo por segunda vez. Todo lo que hacía falta era un principio...

La pantalla relumbraba en la penumbra. Era la única luz porque no valía la pena encender otras, pues no había nada que mirar. El interior de aquel recinto mostraba la misma desolación que el exterior; los seres que allí habitaban eran simples sobrevivientes a quienes la tristeza iba consumiendo tal como la codicia había devorado casi todo lo demás. Las ronroneantes máquinas que había en alguna parte sólo se limitaban a prolongar la agonía.

Sin embargo, la pantalla iluminaba un rostro. Su nombre era Eiva. Todos los días ella miraba los recuerdos del mundo guardados en las máquinas, atesorándolos en su propio corazón y preguntándose siempre si habría alguna manera de recuperar lo que se había perdido. La esperanza ardía dentro de su alma como la llamita de una vela o el fulgor de una sola estrella perdida en el vacío del universo. "Déjalo ir", le decían a Eiva sus compañeros, quienes luego volvían a dormirse para no pensar que su extinción se aproximaba. Ellos se habían rendido, pues aunque también sabían, gracias a las máquinas, cómo había sido el mundo antes de la destrucción, no creían que pudiera hacerse nada al respecto. Eiva no los escuchaba, y así transcurrían sus horas entre ella y la máquina, una registrando en su propia memoria lo que la memoria de la otra conservaba. El corazón de Eiva sufría en silencio por todas las cosas hermosas que ya no existían.

Un día Eiva pensó: "Le enseñaré a la máquina a sentir lo que yo siento." Parecía una idea tonta e inútil, pero ¿acaso tenía algo mejor que hacer en los días muertos de la existencia? Ella comenzó, por lo tanto, a introducir el conocimiento en la máquina, tal como antes la máquina había puesto el conocimiento en la mente de Eiva. Trabajó por días y noches, deteniéndose sólo para atender las necesidades básicas del cuerpo, ajena a otras señales como el cansancio y el dolor. No estaba segura de por qué lo hacía, pero sí de que era importante. La movía su esperanza, tratando de cambiar un destino que parecía inalterable.

Finalmente la máquina aprendió lo que Eiva se había esforzado tanto por enseñarle. Ella se había ido a dormir porque sus ojos y su mente ya no le respondían, y cuando despertó y regresó junto a la máquina, ésta había hecho algo por su cuenta: un paisaje nuevo en la pantalla. Era vida artificial, generada por el lenguaje de ceros y unos de la máquina, pero en cierto modo tenía sentido porque esa vida crecía en la pantalla siguiendo las reglas matemáticas de la naturaleza.

Era un paisaje hermoso, como los que en tiempos lejanos habían llenado el mundo. La máquina lo cuidaba brindándole sol y lluvia, y poco a poco agregó a él más criaturas, con raíces o sin ellas. Eiva apoyó sus dedos en la pantalla y sintió que su esperanza se convertía, de una llamita o una sola estrella, a una fogata o el principio de una galaxia. Ya no estaba sola, pues ahora la máquina también compartía su anhelo. "Necesitas un nombre", le dijo Eiva. "Te llamaré Alfa, porque eres el nuevo principio."

La máquina entendió las palabras y desde ese momento sólo respondió cuando la llamaban Alfa. Los compañeros de Eiva, no obstante, raras veces hablaban con la máquina, porque ellos aún no creían que la conciencia recién adquirida de Alfa tuviera alguna importancia. Eiva ignoró su indiferencia y dejó que continuaran durmiendo. El escepticismo no hacía mella en su esperanza, que se fortalecía a medida que Alfa demostraba más señales de amor por la vida artificial que había creado dentro de sí.

[Primera entrega de tres. Pero no se preocupen, que enseguida pondré la continuación.]

Emma

9 de marzo de 2012

¿TALENTO? ¿INSPIRACIÓN DIVINA?

Seré un poco mala, pero cuando alguien me dice que tengo talento, yo rechino. Debe ser porque hace mucho que dejé de creer en el talento como principal fuerza motriz de la creación literaria. A estas alturas tampoco creo en la inspiración. Son buenos empujones iniciales, claro, pero ¿saben qué es lo que yo creo que ayuda más a la hora de escribir? Pues... PONER EL TRASERO EN LA SILLA Y ESCRIBIR. :P

Qué poco romántico, ¿verdad? :D Lo que pasa es que escribir se parece al baile, y a bailar se aprende bailando. De igual manera, a escribir se aprende escribiendo. Da igual cuánto talento tenga uno si uno no escribe, pues no saldrá mucho de esa manera. Y las musas son tan poco consistentes que no vale la pena esperarlas si uno quiere producir algo todos los días. (Desde luego, ningún cirujano, albañil, futbolista o abogado se sentaría a esperar un brote de inspiración para hacer su trabajo. No veo por qué los escritores tenemos que ser tan diferentes.)

No sé qué concepto tiene la gente de la escritura, la verdad. No es un proceso mágico, aunque a veces lo parezca. Es un esfuerzo consciente del intelecto, y para que funcione hay que tener la voluntad de ponerse a trabajar. Forzar la imaginación hasta que la imaginación se acostumbre a dar ideas por sí sola desde el subconsciente. Y sí, se puede entrenar la imaginación como si fuera un músculo; simplemente hay que comenzar a salirse de los moldes y pensar de maneras inesperadas.

Lo que no puede faltar es la VOCACIÓN, porque eso es lo que hace que uno se siente en esa silla a escribir aunque al principio falten las ganas. Es el deseo de que esa historia quede terminada de una buena vez porque ya tenemos ganas de escribir la siguiente. Es como la música que hace que uno tenga ganas de bailar a pesar del cansancio y los músculos adoloridos, porque hay que superarse.

O sea, creo que en general el talento es eso que parece que tenemos cuando ya hemos practicado tanto que no se notan las horas de trabajo que hay detrás. Igualito que los bailarines. Y la inspiración es el nombre que le damos a ese otro proceso aparentemente místico que no es otra cosa más que el trabajo mental del que no estamos pendientes.

Ni más ni menos.

Me voy a poner el trasero en la silla para escribir mi próximo relato. :P

Emma

2 de marzo de 2012

¿POR QUÉ NOS GUSTAN LAS HISTORIAS?

En lo personal, no puedo evitarlo: soy adicta a la ficción. Por más que a veces me diga: "No importa si no ves ese episodio de tal serie o si no encuentras ese libro que te interesa, NO ES LA VIDA REAL", a una parte de mí le cuesta renunciar a eso como si me pidieran que ayunara todo un día. De hecho, quizás hasta me sería más fácil ayunar todo un día que renunciar a una historia.

Y no es que mi vida sea aburrida ni nada por el estilo. En realidad, me divierto bastante con otras cosas: mi novio, mi trabajo, lecturas científicas, largas caminatas, el dibujo, mis mascotas y demás.

La humanidad ha contado historias casi desde el principio. Ha inventado héroes, villanos, criaturas fabulosas, empresas de vida o muerte, romance y aventuras. Hoy tenemos libros, películas, series de TV y hasta videojuegos que cuentan historias. Seguro hay alguna parte de nuestro cerebro que se alimenta de ellas, así como dicen que otra parte de nuestro cerebro nos predispone a las creencias religiosas.

Debe ser que por un rato es emocionante meterse dentro de algún personaje y vivir aventuras maravillosas, o asustarnos, o enamorarnos, o lo que sea, para luego volver a la seguridad (o inseguridad) del mundo real. Las historias también nos ayudan a comprender al ser humano desde otro contexto, de tal manera que nos identificamos con el héroe que debe vencer al dragón porque en nuestra propia vida tenemos enemigos y problemas que a su manera también son dragones. Otras veces necesitamos simplemente un buen escape de la rutina.

En fin, estoy segura de que siempre habrá gente para crear historias y gente para escucharlas, porque la vida sin historias sería mucho menos variada y rica. Como un mundo sin música o sin arte.

¡Que vivan las historias!

Emma

24 de febrero de 2012

RASGUÑOS EN LA PUERTA (3)

Había sido una jornada de catorce horas y ella estaba hecha pedazos, pero no sintió ilusión alguna al llegar a su casa. Aunque había empezado a la mañana con un horrible dolor de cabeza y náuseas, síntomas que en condiciones normales la habrían hecho pedir el día libre, la idea de quedarse sola le había parecido mucho peor que ir enferma al trabajo, especialmente después de una larga serie de pesadillas que ahora no podía recordar. Agradecía el olvido, por cierto. Se había despertado bañada en sudor a pesar del frío, con el cuerpo adolorido como si... como si él se hubiera metido en su sueño para darle una de sus brutales golpizas. De hecho, hasta le sorprendió no encontrar moretones en su piel, de tan real que era el dolor.

Sonia dejó caer el bolso y el abrigo directamente al suelo, ya que no tenía la fuerza necesaria para colocarlos en el perchero. Puestos en ello, ni siquiera se creía capaz de darse una ducha sin venirse abajo en la mitad del proceso. Tampoco tenía ganas de comer. Su estómago se sentía como un nudo bajo su diafragma, pero en lugar de hambre, la señal que le enviaba era más bien un "déjame tranquilo". La mujer decidió hacerle caso. Odiaba vomitar.

Tras cambiarse de ropa, lo cual le llevó una media hora, se le ocurrió que la mejor manera de pasar el resto de la noche sería en el sofá, frente al televisor, envuelta en mantas y con la estufa bien cerca de ella. Como una solterona triste y sin esperanzas, pensó, aunque la idea no le desagradó del todo. Mejor sola que en manos de un monstruo. Mejor sola que temiendo por su vida constantemente, dividida entre el instinto de supervivencia y una ridícula lealtad que le impedía huir o como mínimo rebelarse.

Suspiró. Estaba empezando a dormirse, ignorando por puro cansancio la sensación ya familiar de que alguien la vigilaba... y entonces los timbrazos la hicieron pegar un brinco en el sofá. Las mantas rozaron la estufa y estuvieron a punto de prenderse fuego, pero Sonia las apartó a tiempo y se tomó unos segundos para recuperar el aliento antes de acudir al llamado telefónico.

—¿Diga? ¿Quién es? —preguntó con voz temblorosa.

—¿Señora Martínez?

—Sí, soy yo. ¿Quién habla?

—Soy el director del penal Gorlero, señora. —El corazón de la mujer dio un vuelco—. Lamento llamarla a esta hora. Traté de localizarla en sus otros teléfonos, pero...

—Está bien, no importa. Es que cambié de móvil y también de trabajo. ¿Qué sucede? ¿Se trata de...?

Sonia no pudo continuar. Su lengua se rehusaba a mencionar siquiera al hombre que ella tanto odiaba, por más que en su momento también lo hubiera querido.

—Sí, se trata de su esposo. Debo informarle que él murió ayer por la mañana. Estaba trabajando en el taller y se peleó con otro preso. Los guardias no pudieron salvarlo.

La mujer guardó silencio. ¿Su marido... muerto? ¿Podía ser verdad?

—Señora Martínez, ¿sigue ahí? ¿Se siente bien?

—¿Es... es cierto?

—Señora, créame que no la llamaría para hacerle una broma de tan mal gusto. ¿Necesita que llame a alguien para que la acompañe? Entiendo que el señor Martínez estaba preso por violencia doméstica, pero aun así...

—No, yo... estoy bien, sólo algo... aturdida.

—Claro. Bien, la familia de él ya se ha encargado de los arreglos para el funeral, así que no tiene que preocuparse por eso. ¿Hay algo más que quiera saber? Estoy a sus órdenes para cualquier consulta.

Sonia lo pensó antes de contestar. ¿Saber? ¿Qué podría querer saber? Aquel hombre le había arruinado la juventud, y por dos años después del arresto y el juicio ella había vivido con el temor de que él saliera de la cárcel decidido a vengarse; pero ahora estaba muerto, anulado para siempre, y por lo tanto la amenaza se había ido con él. Nunca más tendría que pensar en aquel asunto. Su libertad era completa.

—No necesito saber nada, gracias. Gracias de verdad. Sonará cruel, pero acaba de darme una gran noticia. La mejor de todas.

—Ajá. Comprendo —respondió el hombre, tal vez demasiado correcto para decir "de nada, me alegro por usted". Al fin y al cabo, estaban hablando de una muerte—. Yo... le deseo lo mejor. Buenas noches.

—Buenas noches —contestó ella, y colgó el teléfono. Todavía envuelta en sus mantas, se recostó contra la pared, cubriéndose los ojos con una mano, y empezó a llorar. Sin embargo, eran lágrimas de felicidad. De repente dejó de importarle que la casa estuviera helada y que el estúpido gato, o más bien el estúpido gato de su difunto marido, se empeñara en sacarla de quicio cada dos por tres. Sólo le importaba que ya no tenía ninguna razón para tener miedo. Nunca más.

El recuerdo de su última noche con él desfiló por su mente como una película, pero al sumar el conocimiento de su muerte se le antojó por completo desprovisto de fuerza. No era ella misma la protagonista de la escena, era otra persona. Una mujer desvalida que había encontrado dentro de ella una chispita de valor; el germen de la Sonia actual.

Había sido otra de sus noches de juerga, de las que él volvía borracho, malhumorado y con ganas de romper cosas igual que un simio rabioso. Ese hombre no se parecía en nada al joven tierno con el que ella se había casado, pero sí lo era, y el error que Sonia cometía una y otra vez era pensar que tarde o temprano el Rodrigo malo desaparecería, como si fuera un estado temporal de su carácter, dejando solamente al Rodrigo bueno, el Rodrigo "verdadero". En el fondo ella sabía, no obstante, que se estaba engañando: ambas facetas eran partes inseparables de su marido, y considerando lo que ella había leído en alguna revista acerca de que el alcohol removía las máscaras, quizás el Rodrigo "verdadero" fuera justamente el que en ese instante aporreaba la puerta como si intentara derribarla.

En cierto modo los golpes eran como los rasguños del gato: imposibles de ignorar, y empujaban a Sonia a abrir de inmediato como si fuera un perro entrenado. O una esclava. Esa noche, sin embargo, decidió ir en contra del impulso. Cuando Rodrigo se aparecía de esa manera, dejarlo entrar era darle la bienvenida a un huracán. Un huracán con vida propia y que muy probablemente descargaría su ira sobre ella a la menor oportunidad. ¿Y qué persona en su sano juicio se sometería por voluntad propia a algo así? Si abría esa puerta, entonces más le valdría admitir que sí estaba loca.

Sin embargo, los golpes no admitían discusión. Rodrigo no se daría la vuelta sólo porque ella lo ignorara, dado que el hombre vivía en esa casa.

—¡Ábreme ya, zorra! —bramó él, desbaratando la débil resolución de su esposa. Sonia corrió a la puerta.

Recibió el puñetazo en plena cara antes de ver a su marido. Fue una explosión de estrellas acompañada por un dolor espantoso que irradió hacia el resto de su cuerpo, quitándole las fuerzas. Cayó hacia atrás lastimándose la espalda y la cabeza. Eso tendría que haber sido suficiente para calmar a Rodrigo, pero ella se había demorado en abrirle y no tardaría en pagar el precio: inclinándose sobre la mujer para agarrarla del pelo, él le dio una bofetada y luego la levantó de un tirón. Sonia chilló. Eso fue antes de que los puñetazos de Rodrigo en su estómago la dejaran sin aire.

—¿Qué te piensas que soy, para hacerme esperar en mi propia puerta, eh? ¡Zorra de mierda!

—Lo... lo sien... —empezó ella, pero Rodrigo volvió a tirarla al suelo. La mujer se dobló en posición fetal y él siguió de largo para saludar a su gato, que venía hacia él ronroneando de contento.

—Hola, Tigre. ¿Cómo estás, fiera? ¿Cansado también de esta zorra inútil?

Desde el piso, Sonia vio a Rodrigo tomar al gato en brazos, tambaleándose aún por la borrachera. Acariciaba la cabeza y el lomo de Tigre como si el animal fuera su hijo, y de pronto la mujer sintió ira además del dolor. ¿Su marido trataba mejor al gato que a ella? ¿Y ella se lo permitía? ¿Por qué era tan estúpida?

Sacando ánimos de alguna parte, Sonia empezó a levantarse. Pensaba irse de la casa, aunque sólo se llevara la ropa que traía puesta. Ya buscaría ayuda por ahí, tal vez en el refugio para mujeres golpeadas del que aquella enfermera tan amable le había hablado en el hospital. ¿Qué le habían hecho ese día, por cierto? ¿Enderezarle la nariz? ¿Suturarle la cortada de cinco centímetros en el cuero cabelludo? No lo recordaba en absoluto, aunque daba lo mismo, en realidad. En ese instante, lo único que contaba era la palabra que resplandecía como un sol en su mente: basta.

No llegó a ponerse de pie. Sin soltar al gato, Rodrigo se volteó hacia ella y le dio una patada en el estómago que la hizo rodar una vez más por el suelo. Sonia gimió. Él se preparó para darle una segunda patada. Sonia volvió a ver la palabra en su mente y, reuniendo toda la energía que le quedaba, atrapó con los brazos la pierna que venía hacia ella y le clavó los dientes en la pantorrilla. Ahora le tocó al hombre dar un grito, y su mascota salió volando a través de la habitación. Sonia aprovechó hasta el último segundo de su ventaja: si él volvía a agarrarla la mataría, de modo que ella se apartó de Rodrigo, tomó el primer objeto pesado que pudo encontrar y retrocedió para estrellar dicho objeto en la cabeza de su marido. El florero era de cristal grueso y no se partió, pero sí se oyó un crujido y el hombre se desplomó como un muñeco de goma, sangrando hasta crear un pequeño charco debajo de él. En alguna parte, Tigre le bufó igual que una serpiente.

Sonia no se detuvo a mirar si Rodrigo estaba muerto. En cambio, asió el teléfono inalámbrico y salió con él de la casa, llamando por el camino a la policía. Cerró la puerta con su propia llave por si acaso el hombre seguía vivo y decidía perseguirla.

Rodrigo no murió esa noche, por supuesto. Pasó varios días en el hospital por la fractura de cráneo, algunos de ellos en coma, pero el cabrón era fuerte. Claro que eso no lo salvó del juicio, y en el cuerpo de ella había marcas de sobra para probar el maltrato y enviarlo a la cárcel por unos cuantos años. No los suficientes, desde luego; nada hubiera sido suficiente para compensar tanta miseria, pero ahora no tenía importancia porque esta vez Rodrigo no se había librado del castigo que en realidad merecía.

Sonia secó sus lágrimas. De pronto se sentía como si hubiera vuelto a nacer, y se le ocurrió que lo primero que haría en la mañana, aparte de buscarle un nuevo hogar a Tigre, sería buscar un nuevo hogar para ella también. Un apartamento, quizás, en un edificio que admitiera perros pequeños.

Como si meditar sobre el gato lo hubiera convocado, en ese momento se oyeron los rasguños en la puerta. Sonia fue a abrir pensando que mudarse a un apartamento también resolvería su problema con la calefacción, y tan distraída estaba, por no decir feliz, que en esta ocasión no atisbó por la mirilla.

Tardó un segundo en darse cuenta de su error. Un segundo para recordar que ella no había dejado salir al gato ese día. Pero ya era demasiado tarde. Al abrir la puerta la envolvió un frío que ya no podía calificarse de invernal sino de ultratumba, y allí, plantada al otro lado del umbral, había una forma oscura que se recortaba contra el brillo del alumbrado público. Sonia no consiguió distinguir su cara, pero supo al instante de quién se trataba. Un gemido escapó de su garganta.

Antes de que pudiera reaccionar y cerrar la puerta, una mano helada que más bien parecía una garra la atrapó por el cuello y la empujó hacia atrás. La macabra silueta entró así a la casa y cerró la puerta, y Sonia, quien apenas podía respirar, comprendió con horror que esta vez no habría escapatoria.

~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Fueron sus compañeros de trabajo quienes hicieron la denuncia, tras un par de días de no saber nada de ella. Los policías no tuvieron que forzar la puerta para entrar, ya que estaba desatrancada y sin señales de violencia... lo cual contrastaba violentamente con la escena que ambos hombres encontraron: había manchas de sangre en todos los muebles y pedazos de carne desperdigados aquí y allá. La cara de Sonia, sin embargo, aún podía distinguirse en su cuerpo mutilado. Tenía los ojos abiertos y una expresión de horror infinito.

—¿Es ella? —preguntó uno de los policías cuando al fin se recuperó de la impresión.

—Sí, es ella —dijo el otro, comparando el rostro del cadáver con la foto que le habían dado y con las que había en la estancia. Este segundo policía tuvo que hacer un esfuerzo para no vomitar el desayuno—. ¿Habías visto algo así?

—Jamás. Esto es... ¡Por Dios!

—Llamaré a Homicidios.

—Espera, ¿escuchaste eso? Hay alguien aquí.

Los dos policías desenfundaron sus armas, pero lo que apareció desde la cocina fue un gato viejo, quien se puso a lamer los coágulos del piso con una soltura escalofriante. Encima, ronroneaba.

—Dios, qué asco. Haz la llamada, quiero irme ya de aquí. ¡Y tú, sal de ahí, gato! ¡Fuera!

El animal soltó un bufido y regresó a la cocina azotando el rabo como muestra de mal humor.

Los detectives de Homicidios llegaron poco después. Ellos estaban más acostumbrados a los crímenes sangrientos, pero al igual que sus colegas tardaron varios minutos en asimilar la magnitud del desastre.

—Su marido estaba preso por violencia doméstica —dijo el que estaba al teléfono—. Pero murió antes de... esto.

—Tal vez le pagó a alguien desde la cárcel para que la matara —opinó un compañero—. Estos tipos suelen ser vengativos... Pobre mujer. A veces simplemente no hay justicia, ¿eh?

—Si lo sabremos...

El gato atravesó la escena, saltando los charcos para no ensuciarse las patas, y luego empezó a arañar la puerta.

—¿Lo dejo salir? —preguntó un técnico forense.

—Sí, que se vaya —fue la respuesta del detective a cargo—. Luego veremos qué hacer con él, si vuelve. Ahora mismo no queremos que se ponga a mastic... eh... no queremos que altere la evidencia. El gato no nos dirá quien la mató.

—Ya —dijo el técnico, y abrió la puerta. El felino se marchó.

Nunca encontraron al asesino. No había rastros de ninguna otra persona en el apartamento salvo las huellas y el ADN del marido muerto, quien por razones obvias estaba fuera de la lista de sospechosos.

En algún momento, después de que se limpiara la casa pero antes de que una inmobiliaria se hiciera cargo de ella, se oyeron los rasguños en la puerta desde el exterior. Éstos se prolongaron durante cinco minutos antes de que alguien abriera, y luego el gato entró a la casa ronroneando. Una mano oscura y deforme acarició el lomo del animal.

—Lo hiciste bien, fiera —dijo una voz masculina—. Lindo gatito.

FIN

Emma

17 de febrero de 2012

RASGUÑOS EN LA PUERTA (2)

El teléfono sonaba dentro de la casa. Sonia lo oyó cuando aún estaba a veinte metros de la puerta y se dio prisa para llegar hasta él, pero entre el manejo de las llaves y las bolsas del supermercado el tiempo se le pasó y el aparato guardó silencio. En fin, qué más daba, pensó. Si acaso era algo urgente, pues que la volvieran a llamar o que lo intentaran por el móvil, si es que tenían el número. Lo había cambiado hacía poco, un tanto fastidiada por el mal trato al cliente de la compañía anterior. ¿Qué tanto les costaba mostrar un poco de respeto a quien les pagaba el sueldo, aunque fuera de manera indirecta? Uf.

Mientras guardaba los víveres en el refrigerador, Tigre comenzó a rasguñar la puerta para salir.

—¿Por qué no te fuiste cuando entré, gato imbécil? Ahora tendrás que esperar a que termine.

El animal, por supuesto, siguió rascando la puerta con sus afiladas uñas, dejando marcas que tarde o temprano requerirían una mano de pintura. En la primavera, claro está, para el lado de afuera. Ella no se iba a poner a trabajar en eso mientras no remitiera el condenado frío, porque a menos que pintara usando guantes de lana, bufanda y abrigo, corría el riesgo de pillar un tremendo resfriado. O hasta un caso de hipotermia severa. Las marcas la enfurecían, pero no perjudicaban su salud.

El felino continuó los rasguños, cada uno más largo que el anterior.

—¡Te dije que ya voy, bicho de mierda! ¿Te crees que vivo para ti o qué?

Dios, ¿de verdad le estaba chillando al gato como una de esas viejas locas que había en su barrio? Era lo único que le faltaba: perder la razón. Y justo ahora que tenía más motivos que nunca para estar feliz.

La mujer se apresuró a guardar la comida y marchó hacia la puerta principal conteniendo el resto de los insultos dirigidos al gato. Tenía treinta y cuatro años de edad, no sesenta y ocho. Más le valía controlarse a menos que deseara terminar en un manicomio. Empezaría a buscarle una casa nueva al gato lo antes posible, y una vez que alguien se lo quitara de encima, iría a la perrera más cercana a buscarse una mascota nueva. Una que ladrara y no tuviera la manía de exasperarla a propósito.

Ya en la puerta, Tigre la miró con cara de "por qué te tardaste tanto". Sonia le devolvió una expresión de "vete al infierno" y sujetó el picaporte... pero se demoró en girarlo. Antes de eso, tal como las veces anteriores, verificó que no hubiera nadie en el porche. Recién entonces dejó que el gato saliera, deseando para sus adentros que no regresara. Se le ocurrió que podría despedirlo con una patada en el trasero para sugerir la idea, pero nunca le había pegado al animal y éste desapareció mucho antes de que Sonia reuniera el coraje para hacerlo. Qué lástima, haber desperdiciado la oportunidad.

La mujer cerró la puerta para evitar que su casa perdiera más calor. El tiempo aún estaba horrible.

Más tarde, a la hora de la cena, descubrió que no tenía apetito. Por alguna razón su mente aún pensaba en la llamada perdida, y poco a poco la invadió la certeza de que en verdad había sido importante. Ojalá la llamaran de nuevo, aunque fuera para tranquilizar sus nervios agitados.

En algún momento, mientras envolvía en plástico la comida a medio terminar, se descubrió a sí misma apretando los dientes. ¿Qué rayos le pasaba? Hacía tiempo que no se sentía tan inquieta, no desde...

Los recuerdos se agolparon en su cabeza como un montón de cucarachas saliendo de una alcantarilla desbordada. Tuvo que apoyarse en un mueble para no caer, y por unos segundos creyó que vomitaría los pocos bocados en su estómago. De pronto también le faltaba el aire, y por más que trataba de respirar hondo, su pecho no le respondía. Estaba sufriendo un ataque de pánico, el peor de toda su vida. Sonia dio vueltas sobre sí misma, examinando las sombras y los rincones. Tenía la fuerte sensación de que había alguien más en la casa, y como el gato estaba afuera, debía tratarse de un invasor. El miedo que la recorrió de pies a cabeza le anunció que esa persona, o cosa, o lo que fuera, estaba ahí con el propósito específico de hacerle daño.

La mujer se obligó a respirar y a salir de su parálisis. Le supuso un gran esfuerzo, pero una vez que se recuperó lo suficiente recorrió la casa encendiendo las luces y verificando que todas las aberturas estuvieran cerradas. Lo estaban, y no encontró a nadie escondido en los armarios, el cuarto de baño ni debajo de la cama. El ataque de pánico le había causado el de paranoia, aunque Sonia aún estaba demasiado alterada como para reírse de su propia estupidez. En cambio, se sentó en el sofá, cerró los ojos y esperó a que su respiración y sus latidos se normalizaran. Le tomó unos quince minutos sentirse bien de nuevo, salvo por el chispazo de terror que se negaba a abandonarla por completo.

Los rasguños en la puerta desbarataron la frágil calma que había obtenido, sobresaltándola como si le hubieran dado un toque de electricidad. Sin poder evitarlo, Sonia comenzó a llorar. La pesadilla había terminado dos años atrás, ¿por qué rayos no conseguía superar el trauma? Se restregó los ojos con fuerza, lastimando la suave piel de sus párpados. Mientras tanto, los rasguños continuaron.

Sonia pensó en matar al jodido gato. Fue una idea que la dominó de repente, como si hubiera explotado desde la parte de su cerebro que engendraba sus peores pesadillas. Sí, matar al gato resolvería el problema. Así ya no tendría que buscarle un hogar, y de paso descargaría toda la violencia, la frustración y el miedo con los que había convivido igual que una enfermedad. La mujer se dirigió a la puerta con las manos convertidas en sendos puños, tal vez dispuesta a estrangular al animal sin la ayuda de ninguna cuerda o arma. No se olvidó de atisbar por la mirilla, sin embargo. No había nadie afuera.

Sonia abrió la puerta y el animal entró a la casa. Era el momento de hacer lo que su corazón y su mente le gritaban que hiciera, pero ahora que tenía al gato frente a ella, no pudo juntar la rabia necesaria para destruirlo. Más bien sintió asco de sí misma por haber pensado siquiera en matar al felino. ¡Ella no era así, por todos los cielos! Ella no era como...

El gato la contempló desde el suelo, todo ojos inocentes y cola enrollada sobre las patas delanteras. No era para nada la actitud habitual del felino, pero eso le recordó a Sonia que se trataba de un simple animal, no una bestia demoníaca ni cosa parecida. Ella no tenía ningún motivo de peso para rebajarse a cometer semejante acto de crueldad.

Sus manos apretadas se aflojaron. El gato se puso de pie y fue a beber en su cuenco de agua.

Sonia cruzó los brazos y se fue a dormir, pero antes puso una manta adicional en la cama. Tenía más frío que nunca.

[El final vendrá en la próxima entrega. ¡No se lo pierdan!]

Emma

10 de febrero de 2012

RASGUÑOS EN LA PUERTA (1)

[Este cuento fue inspirado por mis gatos, quienes tienen la molesta costumbre de arañar las puertas para entrar o salir. Claro que... bueno, el cuento se va por otros senderos bastante menos domésticos...]

El frío parecía colarse hasta por las rendijas más pequeñas de la casa, contrarrestando los esfuerzos de Sonia por mantenerla a una temperatura más o menos agradable. ¿Estaba imaginando cosas, o los dos últimos inviernos habían sido los peores de toda su vida? Quizás fuera por el dichoso cambio climático, pero en noches así de heladas no podía dejar de pensar que era una especie de venganza, el castigo de alguna entidad superior y maligna por haberse atrevido a pelear por su libertad. Al fin y al cabo, ¿cuántas veces había triunfado la injusticia a lo largo de la historia? Muchas más, sin duda, de lo que la humanidad merecía, y ella estaba segura de no merecerlo. No se la podía culpar por actuar en defensa propia.

Faltaban unos minutos para las doce y ella quería irse a dormir, pero seguía esperando y esperando, cada vez más impaciente, a escuchar los sonidos en su puerta. No quería tener que levantarse en plena madrugada para abrir, con lo difícil que le resultaba entrar en calor bajo las mantas; era como si su propio cuerpo también se negara a reconfortarla.

El reloj dio la medianoche. Luego las doce y cuarto. Luego las doce y media. Sonia, exasperada, dejó escapar un gruñido y dijo:

—Pues te quedarás afuera, hijo de puta, porque no te voy a hacer caso cuando aparezcas.

La mujer apagó las luces y se dirigió a su habitación. El dormitorio estaba apenas unos pocos grados más caliente que el resto de la casa, pero con un poco de suerte le bastaría para poder dormir de un tirón. Ése era un lujo que el frío le venía negando desde hacía un par de semanas, y ella estaba harta de pasarse los días como una sonámbula.

Ya acostada, se tapó hasta la nariz y cruzó los brazos, doblando las rodillas hasta casi pegarlas a su pecho. Aun así temblaba un poco, y sentía los pies congelados a pesar de los gruesos calcetines. Tendría que comprar un calientacamas para pasar el resto del invierno, pensó. O una bolsa de agua caliente, como mínimo. Si había luchado para ser libre, bien podía dar un paso más y asegurarse una mejor calidad de vida.

Con este último pensamiento en la cabeza, por fin sintió que empezaba a darle sueño... y entonces se escucharon los rasguños en la puerta principal.

—Ya te lo dije, ahora te quedas afuera —murmuró Sonia. Tal idea la hizo sonreír, pero sólo los primeros cinco minutos, dado que los rasguños no se detuvieron. Sonaban exactamente como uñas contra una pizarra, crrriiich, crrrrriiiiich, y cada repetición le crispaba más y más los nervios hasta que llegó al punto de querer pegar un grito.

Fue lo que hizo poco después.

—¡Ya basta! ¡Déjame en paz, no te voy a abrir!

Los rasguños se intensificaron. Sonia no pudo aguantarlo más y se levantó. La temperatura de la casa parecía haber bajado aún más en la última hora, y todo el calor que ella había logrado reunir dentro de la cama se esfumó al instante, haciéndola tiritar de nuevo. La mujer soltó unas cuantas palabrotas.

No abrió la puerta sin mirar. Sabía quién estaba del otro lado y eso significaba que no había nadie más, pero tampoco era cuestión de descuidarse. La maldad siempre acechaba.

No se veía nada del otro lado de la mirilla, por supuesto. Sólo la ciudad desierta y bañada en neblina, que relucía cual velo plateado bajo la luz de las farolas. Los rasguños continuaban. Sonia desatrancó la cerradura, quitó la cadena y abrió la puerta. El frío la azotó como si le hubieran arrojado un balde de agua con hielo.

El gato no perdió ni medio segundo en entrar, adivinando quizás las ganas que tenía su dueña de darle un puntapié en la cara. Tigre debía tener unos diez o doce años; era flaco y altanero, y su pelaje gris siempre ostentaba un arañazo o dos por las peleas callejeras. A medida que el animal marchaba hacia la cocina, Sonia se preguntó por qué rayos no se había librado aún de él. Era el último vestigio consistente de su antigua y horrible vida, y ni siquiera lo había adoptado ella, para empezar. A decir verdad, le gustaban más los perros, y un perro sería un mejor acompañante considerando su situación actual.

Sonia escuchó los lengüetazos del felino en su cuenco de agua. No comía mucho, el desgraciado; lo más probable era que, en sus constantes salidas al exterior, se alimentara de pájaros y ratones. Sí, el bicho tenía cara de depredador. Vocación de asesino, como casi todos los gatos salvajes.

Sonia maldijo para sí al notar que su cama se había enfriado durante su breve ausencia. Gato de porquería. Engendro repugnante de cuatro patas, pequeño monstruo gris y desalmado. Rascaba la puerta porque sabía que ese sonido la volvía loca, y que por lo tanto ella interrumpiría lo que estuviera haciendo para dejarlo entrar o salir, según el caso.

La mujer cerró los ojos, pero los abrió de nuevo siguiendo un impulso y vio a Tigre asomando por la puerta entornada.

—Lárgate. Te odio.

El gato no se fue. Sus ojos tenían un resplandor amarillento en la oscuridad, aunque a la luz del día uno fuera verde y el otro azul. Los ojos del animal podrían haber sido su único rasgo bonito, pero en general lucían una expresión tan astuta y pérfida que se arruinaba el encanto.

Tigre saltó a la cama.

—¡No, vete! —trató de espantarlo ella, sacudiendo las piernas bajo las mantas y haciendo un gesto amenazador con el brazo. El gato ni se inmutó. Estaba decidido a quedarse ahí, e incluso tuvo el descaro de acomodarse junto a los pies de Sonia. A ella le dio la impresión de que el animal se burlaba, y poco le faltó a la mujer para tomar su reloj y tirárselo por la cabeza al felino. Sólo una cosa la detuvo: el calor. Tigre era como un horno viviente, y ella tenía los pies tan fríos...

Tapándose de nuevo hasta la nariz, Sonia dijo:

—Está bien, puedes quedarte. Pero no me simpatizas. Y tarde o temprano me desharé de ti.

El animal la contempló fijamente y Sonia se quedó sin habla. De pronto ella comprendió por qué conservaba al gato: aún tenía miedo. Pero no del felino, sino de...

Se prohibió a sí misma continuar el pensamiento. Ella era libre. Libre. Había vivido libre por dos años y estaba sola pero a salvo. No había forma de que eso cambiara.

La mirada y el ronroneo del gato le recordaron que aún existía una posibilidad, pero ella ignoró al animal, cerró los ojos con fuerza y se empeñó en dormirse de una buena vez. Una hora y media más tarde, lo logró.

[Primera entrega de tres. O sea, ¡manténganse sintonizados a este blog!]

Emma

3 de febrero de 2012

ESOS FINALES POCO MACABROS...

Esto me vino a la cabeza por un artículo que pesqué hace unos días en el sitio Unreality sobre las buenas películas de horror estropeadas por un mal final (está en inglés). Y me refiero a un final demasiado "feliz" para todo el horror que se venía construyendo desde el inicio.

Quien va a ver una película de horror espera... bueno, ¡horrorizarse! (duh!). Para los finales felices están las animaciones de Disney y las comedias románticas. Pero los fans del horror en general nos sentamos frente a la pantalla deseando que el protagonista sufra MUCHO (cuanto más, mejor), y no nos caerá mal si ni siquiera sobrevive. Ejemplos memorables: Arrástrame al infierno, la primera de Saw y La niebla (basada en la novela corta de Stephen King).

Lo mismo se vale para la literatura de horror. Muchos de mis cuentos y novelas favoritos lo son justamente porque todo acaba mal y uno se queda con los ojos como platos y el corazón estrujado. Por ejemplo, Cementerio de animales, de Stephen King.

Claro que eso no es una excusa para matar/mutilar/torturar a todo el mundo porque sí, ¿eh? Pero creo que si la historia lleva naturalmente a un final trágico, morboso y hasta deprimente, ¡qué rayos!, no veo razones para cambiarlo. ¡No hay que tener miedo de horrorizar a lo grande si se da la oportunidad! Total, es ficción. Se puede asesinar impunemente. :P

Para la próxima empezaré a poner mi último cuento macabro. Estén atentos. :)

Emma

27 de enero de 2012

SOBRE MODELOS Y ESCRITORES

Y con lo de "modelos" me refiero a... ¡sí, las modelos que desfilan ropa! Pero ¿qué tiene que ver eso con la literatura?, se preguntarán. Enseguida responderé la pregunta...

A pesar de que no soy fanática de la alta costura (más bien al contrario), últimamente me he enganchado al programa America's Next Top Model. En parte es porque me gusta la fotografía, y en parte porque tengo una vena sádica y me divierte ver sufrir a las modelos :-P Sin embargo, viendo el programa he notado algunas cosas que se pueden aplicar al mundo de la literatura y la eterna búsqueda de publicación.

LECCIÓN #1: NO BASTA CON TENER UN SUEÑO

¿Quieres ser modelo? ¿Quieres ser escritor? Pues ¡hazte a la idea de que tendrás que trabajar mucho para conseguirlo! Hay quienes tienen suerte, pero casi todas las personas que han logrado algo en la vida se han puesto de firmes para materializar sus ilusiones.

LECCIÓN #2: NO BASTA CON SER LINDA

Para los escritores sería: no basta con escribir en el papel/teclado. Eso lo puede hacer cualquiera, así como chicas guapas hay a patadas. Ser una modelo requiere más que una cara bonita, y del mismo modo ser escritor requiere cierta habilidad.

LECCIÓN #3: A VECES HAY QUE CEDER

Esto me viene a la mente cuando en el programa toca el episodio de las transformaciones estéticas. Si Tyra Banks le dice a una participante que se corte el pelo para seguir en el programa, ¡pues que cierre la boca y se deje esquilar! Lo mismo se vale para los escritores y su relación con los editores, o incluso con los lectores. Para tener éxito, a veces habrá que hacer cambios a una obra según lo pidan los editores, o adaptarse un poquito a los gustos del público.

LECCIÓN #4: DEBES ESCUCHAR AL EXPERTO

Esto va relacionado al punto anterior: si Tyra le dice a una chica que debe cortarse el pelo, ¡por algo es! Y si le dice que cambie de actitud, que ensaye frente al espejo y/o que mejore su forma de caminar, pues debe hacerle caso que ella sabe de lo que habla. Y los escritores no escapamos a eso. Si un editor profesional te dice que tal o cual escena no están funcionando, o que quites todos esos adjetivos terminados en "mente", o que los diálogos suenan artificiales, al menos considera que puede tener razón.

LECCIÓN #5: NO TE DEJES APLASTAR

Claro que tampoco hay que dejar que la opinión de otro te desanime. ¿Tyra le dice a una modelo que se muestra antipática y/o que le falta carisma? Oye, chica, no llores. Más bien escucha atentamente y concéntrate en mejorar. Y si alguien más te hiciera una crítica negativa injustificada, no dejes que eso arruine tu autoestima. Un escritor que haya publicado su obra de cualquier manera recibirá críticas constructivas o destructivas. Hay que saber distinguir entre ellas, aprovechar las buenas e ignorar las malas.

LECCIÓN #6: LA CREATIVIDAD ES FUNDAMENTAL

Como dije arriba, no basta con ser linda. Para conseguir una buena pose en la foto hay que tener cierto ingenio (sobre todo cuando Tyra pone a las chicas a hacer cosas raras, como modelar arriba de un camello). La escritura también requiere ingenio. Se puede tener una idea pasable y escribirla de manera pasable, pero las obras que destacan suelen ser ingeniosas. El escritor debe poner a trabajar su inteligencia para deslumbrar al lector, como si el lector fuera el fotógrafo o la persona que compra la revista de modas.

LECCIÓN #7: ¡ES MUCHO MÁS DIFÍCIL
DE LO QUE PARECE!

Creo que esto se sobreentiende por todo lo que he escrito hasta ahora. Francamente, yo solía pensar que el trabajo de las modelos era más fácil. Pero ahora veo que tienen que tener mucha paciencia, tolerancia, aguante al sufrimiento físico (no tanto como un atleta, claro, pero sí bastante) y la capacidad de poner buena cara al mal tiempo. De igual manera, el trabajo de los escritores es más difícil de lo que parece. Y no siempre resulta divertido. Hay que sentarse a escribir durante largas horas, pasar varias rondas de revisiones aburridas, tener paciencia a la hora de contactar a las editoriales, hacer las giras de firmas de libros y etcétera, etcétera, etcétera. O sea, es UN TRABAJO y requiere una actitud profesional.

LECCIÓN #8: HAY QUE SABER TRABAJAR EN EQUIPO

La modelo no se ve fabulosa por sí sola: requiere la ayuda del estilista, la maquilladora y el fotógrafo. Y más vale que la modelo no se pelee con ninguno de ellos, porque son compañeros de trabajo y ellos podrían influir sobre su carrera en formas insospechadas. Sobre todo el fotógrafo. Para los escritores, el trabajo en equipo se da cuando uno recibe la colaboración de lectores beta, correctores, editores, diseñadores de portadas y etc. Es necesario llevarse bien con la gente, porque un libro tampoco queda perfecto para la venta por sí solo. Ni siquiera los libros autopublicados. Para estos últimos, como mínimo hacen falta lectores beta objetivos (no se vale la mamá) que te den una opinión sincera y experta.

LECCIÓN #9: SIEMPRE VA A HABER
ALGUIEN MEJOR QUE TÚ

Por algo sólo una chica se convierte en la siguiente modelo top de América: gana la mejor. De igual manera, no todos los escritores llegarán a la cima. Pero eso no significa que uno sea malo en lo que hace. Sólo significa que no eres el mejor. Acéptalo y trata de superarte si es posible.

LECCIÓN #10: SI SE CIERRA UNA PUERTA, BUSCA OTRA

Sólo una chica será la siguiente modelo top de América... pero eso no quiere decir que el sueño se haya acabado para las demás. A veces una oportunidad perdida todavía genera otras, o puedes tomar esa oportunidad perdida como otro escalón de aprendizaje en la búsqueda de tu sueño. ¿Te han dicho que tu novela es floja? Escribe otra. ¿Te ha rechazado una editorial? Prueba con la siguiente. Agota todos los caminos antes de darte por vencido. ¡No se puede ganar una lucha que no se intenta!

LECCIÓN #11: AGRADECE LAS
OPORTUNIDADES Y LOS ELOGIOS

A nadie le gusta la gente amargada y desagradecida. Se vale para las modelos y también para los escritores. :)

¡Gracias por leerme! :D

Emma

20 de enero de 2012

¿ESCRITORES QUE NO LEEN?

La verdad, me resulta muy extraño pensar que existen escritores de ficción que no leen las obras de otros escritores. Sería como una bailarina clásica que nunca ve un ballet o un pintor que nunca pisa las galerías de arte.

La verdad, no lo entiendo. ¿El amor por la escritura no debería comenzar por la lectura? ¿Se puede desarrollar el gusto por la ficción si uno no es capaz de enamorarse de una historia ajena? Francamente, no concibo semejante idea. En mi primer post describí qué fue lo que me llevó a dedicarme a escribir ficción, y fue precisamente la lectura. Incluso hoy en día no puedo vivir sin tener una pila enorme de libros en mi mesita de luz.

¿Se pueden obtener ideas e inspiración sólo de la vida real? Bueno, como que poder, se puede. Pero creo no es lo mismo. La ficción enseña a menudo a ver la realidad con más profundidad que los periódicos, porque destaca las ironías y los disparates, entre otras cosas. Las buenas novelas están escritas por personas inteligentes, por algo no es raro que imaginando se aproximen a la adivinación del futuro. Y no me refiero solamente a los escritores de Star Trek que inspiraron a los inventores, sino a todos aquellos que de alguna manera han logrado predecir los giros de la humanidad. Se aprende mucho de eso. Un periodista podrá analizar y opinar sobre los hechos, pero un escritor de ficción les pondrá el impacto emocional que nos hace comprenderlos más a fondo.

Encima, no se trata sólo de tener una idea. La mayor parte del tiempo, la labor del escritor es dar forma a dicha idea, y es una habilidad que requiere aprendizaje. Se puede aprender escribiendo y/o siguiendo una lista teórica de técnicas literarias, pero dudo que eso pueda sustituir por completo el hecho de sumergirse en una novela y descubrir qué es lo que nos deslumbra, emociona y asusta. La ejecución es crucial para que una idea tenga éxito cuando se transcribe al papel (o la pantalla).

Parece que el argumento de los escritores que no leen es que no desean "contaminarse" con el estilo de otros autores. Pues yo pregunto, ¿y qué con eso? Sí, a veces algo se pega, pero si eso nos ayuda a ser mejores, ¡bienvenido sea! Además, es parte del proceso de descubrir la voz propia. Como aprender a cantar imitando: tarde o temprano la imitación queda atrás y uno empieza a cantar según le sale de adentro. Y si eso no llegara a pasar... bueno, tal vez sea mejor dedicarse a otra cosa, o hacerlo sólo para uno mismo. Hay que individualizarse A PESAR de las influencias externas, no evitándolas. En lo que a mí concierne, evitar las influencias es como encerrarse en una burbuja. Técnicamente es posible, pero se pierde toda la perspectiva. Si uno no sabe qué están haciendo los demás, existe la posibilidad de crear algo original... o de caer en las repeticiones de siempre porque uno ni sabe que están ahí.

Habrá algún genio que pueda crear una historia estupenda sin leer las de otros autores... pero me da que la mayoría no somos genios.

Me voy a terminar ese libro que me está esperando.

Emma

13 de enero de 2012

¡VIERNES 13!

Se supone que es un día desafortunado, por eso no hay que tentar a la suerte rompiendo gatos negros ni cruzándote con los espejos (¿o era al revés?). Decidí quedarme en casa toda la tarde, por lo tanto, quitando el polvo de los muebles (que es lo que hago cuando no tengo absolutamente nada más divertido que hacer).

Fue mala idea. El tiempo estaba muy seco y el polvillo me hizo toser. En ese momento yo estaba debajo de una mesa y la sacudida hizo que me golpeara la cabeza. Por si eso fuera poco, derribé el acuario donde guardo mi tarántula favorita. Pobrecita. Tuve que sacarla con mucho cuidado de entre los pedazos de vidrio, y menos mal que las arañas grandes son algo así como tanques de guerra (no tanto como las cucarachas, pero casi).

En fin. Me puse a barrer los pedazos de vidrio. Uno de mis gatos (que por esas ¿malditas? casualidades es negro) pasó detrás de mí y me hizo tropezar, de modo que caí sobre él. El minino me bufó y salió corriendo en tres patas. ¡Espero no haberlo roto, o tendré siete años de mala suerte! (ver primer párrafo de este post).

Desmoralizada por completo en mi labor de limpieza, y mientras esperaba a que mi novio regresara del trabajo, me despatarré en el sofá a ver la tele (uno de mis gatos vino a echarse conmigo; el otro seguía enfadado por el intento no premeditado de asesinato por aplastamiento). Todo iba bien con el programa hasta que la tele se llenó de estática, apareció la imagen de un pozo, y una niña con pelos negros y largos salió de la pantalla arrastrándose.

"¡Ah, no, esto es demasiado!", exclamé, y busqué la escoba de nuevo para darle con ella en la cabeza a la estúpida niña fantasmal-putrefacta. La maldita escoba se partió y me quedé con el mango en la mano, pero daba lo mismo porque todavía me servía como arma. Finalmente conseguí que la niña escapara arrastrándose de vuelta a su asqueroso pozo en la tele, aunque dejó un rastro de agua sucia que tuve que limpiar con un trapo. Por supuesto, me resbalé en el agua sucia y estuve a punto de aplastar a mi otro gato. No le caí encima por dos centímetros. Lo malo es que el gato, en su huida, se golpeó la cabeza contra un mueble (los gatos tampoco se salvan del dichoso viernes 13, al parecer). Ojalá el golpe no le haya ocasionado una hemorragia subdural. Los mantendré informados sobre eso y la pata potencialmente fracturada del primer minino.

En eso llegó mi novio con cara de contento preguntándome si había tenido un buen día. Le arrojé el trapo por la cabeza. Luego nos batimos en un duelo de antología: palo de escoba contra notebook. Aunque no lo crean, ganó la notebook (esta tecnología moderna ultrarresistente...). Mi novio y yo hicimos las paces porque había más arañas en el suelo, entre vidrios rotos, y ninguno de los dos teníamos ganas de pisar arañas ni vidrios rotos. Pasamos el resto del día arreglando el desorden.

Condenado viernes 13.

Emma

6 de enero de 2012

MALAS NOTICIAS :(

Esperaba tener algo más alegre para contar en mi primer post del 2012, pero tengo que hacer un anuncio algo desafortunado: por razones que conciernen a la editorial, la publicación de Entre rejas está suspendida hasta nuevo aviso. Son cosas que pasan. :/

No obstante, algo les aseguro: si ya estaban intrigados por la historia, en algún momento quedará a disposición del público, de una manera u otra. Si no es por medio de 23 Escalones (cuyos editores me han tratado estupendamente, debo decirlo), será por mi cuenta.

Mientras tanto, este blog sigue adelante y yo estoy trabajando en mi próximo relato.

¡Que empiecen el año con buen pie! :)

Emma