24 de febrero de 2012

RASGUÑOS EN LA PUERTA (3)

Había sido una jornada de catorce horas y ella estaba hecha pedazos, pero no sintió ilusión alguna al llegar a su casa. Aunque había empezado a la mañana con un horrible dolor de cabeza y náuseas, síntomas que en condiciones normales la habrían hecho pedir el día libre, la idea de quedarse sola le había parecido mucho peor que ir enferma al trabajo, especialmente después de una larga serie de pesadillas que ahora no podía recordar. Agradecía el olvido, por cierto. Se había despertado bañada en sudor a pesar del frío, con el cuerpo adolorido como si... como si él se hubiera metido en su sueño para darle una de sus brutales golpizas. De hecho, hasta le sorprendió no encontrar moretones en su piel, de tan real que era el dolor.

Sonia dejó caer el bolso y el abrigo directamente al suelo, ya que no tenía la fuerza necesaria para colocarlos en el perchero. Puestos en ello, ni siquiera se creía capaz de darse una ducha sin venirse abajo en la mitad del proceso. Tampoco tenía ganas de comer. Su estómago se sentía como un nudo bajo su diafragma, pero en lugar de hambre, la señal que le enviaba era más bien un "déjame tranquilo". La mujer decidió hacerle caso. Odiaba vomitar.

Tras cambiarse de ropa, lo cual le llevó una media hora, se le ocurrió que la mejor manera de pasar el resto de la noche sería en el sofá, frente al televisor, envuelta en mantas y con la estufa bien cerca de ella. Como una solterona triste y sin esperanzas, pensó, aunque la idea no le desagradó del todo. Mejor sola que en manos de un monstruo. Mejor sola que temiendo por su vida constantemente, dividida entre el instinto de supervivencia y una ridícula lealtad que le impedía huir o como mínimo rebelarse.

Suspiró. Estaba empezando a dormirse, ignorando por puro cansancio la sensación ya familiar de que alguien la vigilaba... y entonces los timbrazos la hicieron pegar un brinco en el sofá. Las mantas rozaron la estufa y estuvieron a punto de prenderse fuego, pero Sonia las apartó a tiempo y se tomó unos segundos para recuperar el aliento antes de acudir al llamado telefónico.

—¿Diga? ¿Quién es? —preguntó con voz temblorosa.

—¿Señora Martínez?

—Sí, soy yo. ¿Quién habla?

—Soy el director del penal Gorlero, señora. —El corazón de la mujer dio un vuelco—. Lamento llamarla a esta hora. Traté de localizarla en sus otros teléfonos, pero...

—Está bien, no importa. Es que cambié de móvil y también de trabajo. ¿Qué sucede? ¿Se trata de...?

Sonia no pudo continuar. Su lengua se rehusaba a mencionar siquiera al hombre que ella tanto odiaba, por más que en su momento también lo hubiera querido.

—Sí, se trata de su esposo. Debo informarle que él murió ayer por la mañana. Estaba trabajando en el taller y se peleó con otro preso. Los guardias no pudieron salvarlo.

La mujer guardó silencio. ¿Su marido... muerto? ¿Podía ser verdad?

—Señora Martínez, ¿sigue ahí? ¿Se siente bien?

—¿Es... es cierto?

—Señora, créame que no la llamaría para hacerle una broma de tan mal gusto. ¿Necesita que llame a alguien para que la acompañe? Entiendo que el señor Martínez estaba preso por violencia doméstica, pero aun así...

—No, yo... estoy bien, sólo algo... aturdida.

—Claro. Bien, la familia de él ya se ha encargado de los arreglos para el funeral, así que no tiene que preocuparse por eso. ¿Hay algo más que quiera saber? Estoy a sus órdenes para cualquier consulta.

Sonia lo pensó antes de contestar. ¿Saber? ¿Qué podría querer saber? Aquel hombre le había arruinado la juventud, y por dos años después del arresto y el juicio ella había vivido con el temor de que él saliera de la cárcel decidido a vengarse; pero ahora estaba muerto, anulado para siempre, y por lo tanto la amenaza se había ido con él. Nunca más tendría que pensar en aquel asunto. Su libertad era completa.

—No necesito saber nada, gracias. Gracias de verdad. Sonará cruel, pero acaba de darme una gran noticia. La mejor de todas.

—Ajá. Comprendo —respondió el hombre, tal vez demasiado correcto para decir "de nada, me alegro por usted". Al fin y al cabo, estaban hablando de una muerte—. Yo... le deseo lo mejor. Buenas noches.

—Buenas noches —contestó ella, y colgó el teléfono. Todavía envuelta en sus mantas, se recostó contra la pared, cubriéndose los ojos con una mano, y empezó a llorar. Sin embargo, eran lágrimas de felicidad. De repente dejó de importarle que la casa estuviera helada y que el estúpido gato, o más bien el estúpido gato de su difunto marido, se empeñara en sacarla de quicio cada dos por tres. Sólo le importaba que ya no tenía ninguna razón para tener miedo. Nunca más.

El recuerdo de su última noche con él desfiló por su mente como una película, pero al sumar el conocimiento de su muerte se le antojó por completo desprovisto de fuerza. No era ella misma la protagonista de la escena, era otra persona. Una mujer desvalida que había encontrado dentro de ella una chispita de valor; el germen de la Sonia actual.

Había sido otra de sus noches de juerga, de las que él volvía borracho, malhumorado y con ganas de romper cosas igual que un simio rabioso. Ese hombre no se parecía en nada al joven tierno con el que ella se había casado, pero sí lo era, y el error que Sonia cometía una y otra vez era pensar que tarde o temprano el Rodrigo malo desaparecería, como si fuera un estado temporal de su carácter, dejando solamente al Rodrigo bueno, el Rodrigo "verdadero". En el fondo ella sabía, no obstante, que se estaba engañando: ambas facetas eran partes inseparables de su marido, y considerando lo que ella había leído en alguna revista acerca de que el alcohol removía las máscaras, quizás el Rodrigo "verdadero" fuera justamente el que en ese instante aporreaba la puerta como si intentara derribarla.

En cierto modo los golpes eran como los rasguños del gato: imposibles de ignorar, y empujaban a Sonia a abrir de inmediato como si fuera un perro entrenado. O una esclava. Esa noche, sin embargo, decidió ir en contra del impulso. Cuando Rodrigo se aparecía de esa manera, dejarlo entrar era darle la bienvenida a un huracán. Un huracán con vida propia y que muy probablemente descargaría su ira sobre ella a la menor oportunidad. ¿Y qué persona en su sano juicio se sometería por voluntad propia a algo así? Si abría esa puerta, entonces más le valdría admitir que sí estaba loca.

Sin embargo, los golpes no admitían discusión. Rodrigo no se daría la vuelta sólo porque ella lo ignorara, dado que el hombre vivía en esa casa.

—¡Ábreme ya, zorra! —bramó él, desbaratando la débil resolución de su esposa. Sonia corrió a la puerta.

Recibió el puñetazo en plena cara antes de ver a su marido. Fue una explosión de estrellas acompañada por un dolor espantoso que irradió hacia el resto de su cuerpo, quitándole las fuerzas. Cayó hacia atrás lastimándose la espalda y la cabeza. Eso tendría que haber sido suficiente para calmar a Rodrigo, pero ella se había demorado en abrirle y no tardaría en pagar el precio: inclinándose sobre la mujer para agarrarla del pelo, él le dio una bofetada y luego la levantó de un tirón. Sonia chilló. Eso fue antes de que los puñetazos de Rodrigo en su estómago la dejaran sin aire.

—¿Qué te piensas que soy, para hacerme esperar en mi propia puerta, eh? ¡Zorra de mierda!

—Lo... lo sien... —empezó ella, pero Rodrigo volvió a tirarla al suelo. La mujer se dobló en posición fetal y él siguió de largo para saludar a su gato, que venía hacia él ronroneando de contento.

—Hola, Tigre. ¿Cómo estás, fiera? ¿Cansado también de esta zorra inútil?

Desde el piso, Sonia vio a Rodrigo tomar al gato en brazos, tambaleándose aún por la borrachera. Acariciaba la cabeza y el lomo de Tigre como si el animal fuera su hijo, y de pronto la mujer sintió ira además del dolor. ¿Su marido trataba mejor al gato que a ella? ¿Y ella se lo permitía? ¿Por qué era tan estúpida?

Sacando ánimos de alguna parte, Sonia empezó a levantarse. Pensaba irse de la casa, aunque sólo se llevara la ropa que traía puesta. Ya buscaría ayuda por ahí, tal vez en el refugio para mujeres golpeadas del que aquella enfermera tan amable le había hablado en el hospital. ¿Qué le habían hecho ese día, por cierto? ¿Enderezarle la nariz? ¿Suturarle la cortada de cinco centímetros en el cuero cabelludo? No lo recordaba en absoluto, aunque daba lo mismo, en realidad. En ese instante, lo único que contaba era la palabra que resplandecía como un sol en su mente: basta.

No llegó a ponerse de pie. Sin soltar al gato, Rodrigo se volteó hacia ella y le dio una patada en el estómago que la hizo rodar una vez más por el suelo. Sonia gimió. Él se preparó para darle una segunda patada. Sonia volvió a ver la palabra en su mente y, reuniendo toda la energía que le quedaba, atrapó con los brazos la pierna que venía hacia ella y le clavó los dientes en la pantorrilla. Ahora le tocó al hombre dar un grito, y su mascota salió volando a través de la habitación. Sonia aprovechó hasta el último segundo de su ventaja: si él volvía a agarrarla la mataría, de modo que ella se apartó de Rodrigo, tomó el primer objeto pesado que pudo encontrar y retrocedió para estrellar dicho objeto en la cabeza de su marido. El florero era de cristal grueso y no se partió, pero sí se oyó un crujido y el hombre se desplomó como un muñeco de goma, sangrando hasta crear un pequeño charco debajo de él. En alguna parte, Tigre le bufó igual que una serpiente.

Sonia no se detuvo a mirar si Rodrigo estaba muerto. En cambio, asió el teléfono inalámbrico y salió con él de la casa, llamando por el camino a la policía. Cerró la puerta con su propia llave por si acaso el hombre seguía vivo y decidía perseguirla.

Rodrigo no murió esa noche, por supuesto. Pasó varios días en el hospital por la fractura de cráneo, algunos de ellos en coma, pero el cabrón era fuerte. Claro que eso no lo salvó del juicio, y en el cuerpo de ella había marcas de sobra para probar el maltrato y enviarlo a la cárcel por unos cuantos años. No los suficientes, desde luego; nada hubiera sido suficiente para compensar tanta miseria, pero ahora no tenía importancia porque esta vez Rodrigo no se había librado del castigo que en realidad merecía.

Sonia secó sus lágrimas. De pronto se sentía como si hubiera vuelto a nacer, y se le ocurrió que lo primero que haría en la mañana, aparte de buscarle un nuevo hogar a Tigre, sería buscar un nuevo hogar para ella también. Un apartamento, quizás, en un edificio que admitiera perros pequeños.

Como si meditar sobre el gato lo hubiera convocado, en ese momento se oyeron los rasguños en la puerta. Sonia fue a abrir pensando que mudarse a un apartamento también resolvería su problema con la calefacción, y tan distraída estaba, por no decir feliz, que en esta ocasión no atisbó por la mirilla.

Tardó un segundo en darse cuenta de su error. Un segundo para recordar que ella no había dejado salir al gato ese día. Pero ya era demasiado tarde. Al abrir la puerta la envolvió un frío que ya no podía calificarse de invernal sino de ultratumba, y allí, plantada al otro lado del umbral, había una forma oscura que se recortaba contra el brillo del alumbrado público. Sonia no consiguió distinguir su cara, pero supo al instante de quién se trataba. Un gemido escapó de su garganta.

Antes de que pudiera reaccionar y cerrar la puerta, una mano helada que más bien parecía una garra la atrapó por el cuello y la empujó hacia atrás. La macabra silueta entró así a la casa y cerró la puerta, y Sonia, quien apenas podía respirar, comprendió con horror que esta vez no habría escapatoria.

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Fueron sus compañeros de trabajo quienes hicieron la denuncia, tras un par de días de no saber nada de ella. Los policías no tuvieron que forzar la puerta para entrar, ya que estaba desatrancada y sin señales de violencia... lo cual contrastaba violentamente con la escena que ambos hombres encontraron: había manchas de sangre en todos los muebles y pedazos de carne desperdigados aquí y allá. La cara de Sonia, sin embargo, aún podía distinguirse en su cuerpo mutilado. Tenía los ojos abiertos y una expresión de horror infinito.

—¿Es ella? —preguntó uno de los policías cuando al fin se recuperó de la impresión.

—Sí, es ella —dijo el otro, comparando el rostro del cadáver con la foto que le habían dado y con las que había en la estancia. Este segundo policía tuvo que hacer un esfuerzo para no vomitar el desayuno—. ¿Habías visto algo así?

—Jamás. Esto es... ¡Por Dios!

—Llamaré a Homicidios.

—Espera, ¿escuchaste eso? Hay alguien aquí.

Los dos policías desenfundaron sus armas, pero lo que apareció desde la cocina fue un gato viejo, quien se puso a lamer los coágulos del piso con una soltura escalofriante. Encima, ronroneaba.

—Dios, qué asco. Haz la llamada, quiero irme ya de aquí. ¡Y tú, sal de ahí, gato! ¡Fuera!

El animal soltó un bufido y regresó a la cocina azotando el rabo como muestra de mal humor.

Los detectives de Homicidios llegaron poco después. Ellos estaban más acostumbrados a los crímenes sangrientos, pero al igual que sus colegas tardaron varios minutos en asimilar la magnitud del desastre.

—Su marido estaba preso por violencia doméstica —dijo el que estaba al teléfono—. Pero murió antes de... esto.

—Tal vez le pagó a alguien desde la cárcel para que la matara —opinó un compañero—. Estos tipos suelen ser vengativos... Pobre mujer. A veces simplemente no hay justicia, ¿eh?

—Si lo sabremos...

El gato atravesó la escena, saltando los charcos para no ensuciarse las patas, y luego empezó a arañar la puerta.

—¿Lo dejo salir? —preguntó un técnico forense.

—Sí, que se vaya —fue la respuesta del detective a cargo—. Luego veremos qué hacer con él, si vuelve. Ahora mismo no queremos que se ponga a mastic... eh... no queremos que altere la evidencia. El gato no nos dirá quien la mató.

—Ya —dijo el técnico, y abrió la puerta. El felino se marchó.

Nunca encontraron al asesino. No había rastros de ninguna otra persona en el apartamento salvo las huellas y el ADN del marido muerto, quien por razones obvias estaba fuera de la lista de sospechosos.

En algún momento, después de que se limpiara la casa pero antes de que una inmobiliaria se hiciera cargo de ella, se oyeron los rasguños en la puerta desde el exterior. Éstos se prolongaron durante cinco minutos antes de que alguien abriera, y luego el gato entró a la casa ronroneando. Una mano oscura y deforme acarició el lomo del animal.

—Lo hiciste bien, fiera —dijo una voz masculina—. Lindo gatito.

FIN

Emma

17 de febrero de 2012

RASGUÑOS EN LA PUERTA (2)

El teléfono sonaba dentro de la casa. Sonia lo oyó cuando aún estaba a veinte metros de la puerta y se dio prisa para llegar hasta él, pero entre el manejo de las llaves y las bolsas del supermercado el tiempo se le pasó y el aparato guardó silencio. En fin, qué más daba, pensó. Si acaso era algo urgente, pues que la volvieran a llamar o que lo intentaran por el móvil, si es que tenían el número. Lo había cambiado hacía poco, un tanto fastidiada por el mal trato al cliente de la compañía anterior. ¿Qué tanto les costaba mostrar un poco de respeto a quien les pagaba el sueldo, aunque fuera de manera indirecta? Uf.

Mientras guardaba los víveres en el refrigerador, Tigre comenzó a rasguñar la puerta para salir.

—¿Por qué no te fuiste cuando entré, gato imbécil? Ahora tendrás que esperar a que termine.

El animal, por supuesto, siguió rascando la puerta con sus afiladas uñas, dejando marcas que tarde o temprano requerirían una mano de pintura. En la primavera, claro está, para el lado de afuera. Ella no se iba a poner a trabajar en eso mientras no remitiera el condenado frío, porque a menos que pintara usando guantes de lana, bufanda y abrigo, corría el riesgo de pillar un tremendo resfriado. O hasta un caso de hipotermia severa. Las marcas la enfurecían, pero no perjudicaban su salud.

El felino continuó los rasguños, cada uno más largo que el anterior.

—¡Te dije que ya voy, bicho de mierda! ¿Te crees que vivo para ti o qué?

Dios, ¿de verdad le estaba chillando al gato como una de esas viejas locas que había en su barrio? Era lo único que le faltaba: perder la razón. Y justo ahora que tenía más motivos que nunca para estar feliz.

La mujer se apresuró a guardar la comida y marchó hacia la puerta principal conteniendo el resto de los insultos dirigidos al gato. Tenía treinta y cuatro años de edad, no sesenta y ocho. Más le valía controlarse a menos que deseara terminar en un manicomio. Empezaría a buscarle una casa nueva al gato lo antes posible, y una vez que alguien se lo quitara de encima, iría a la perrera más cercana a buscarse una mascota nueva. Una que ladrara y no tuviera la manía de exasperarla a propósito.

Ya en la puerta, Tigre la miró con cara de "por qué te tardaste tanto". Sonia le devolvió una expresión de "vete al infierno" y sujetó el picaporte... pero se demoró en girarlo. Antes de eso, tal como las veces anteriores, verificó que no hubiera nadie en el porche. Recién entonces dejó que el gato saliera, deseando para sus adentros que no regresara. Se le ocurrió que podría despedirlo con una patada en el trasero para sugerir la idea, pero nunca le había pegado al animal y éste desapareció mucho antes de que Sonia reuniera el coraje para hacerlo. Qué lástima, haber desperdiciado la oportunidad.

La mujer cerró la puerta para evitar que su casa perdiera más calor. El tiempo aún estaba horrible.

Más tarde, a la hora de la cena, descubrió que no tenía apetito. Por alguna razón su mente aún pensaba en la llamada perdida, y poco a poco la invadió la certeza de que en verdad había sido importante. Ojalá la llamaran de nuevo, aunque fuera para tranquilizar sus nervios agitados.

En algún momento, mientras envolvía en plástico la comida a medio terminar, se descubrió a sí misma apretando los dientes. ¿Qué rayos le pasaba? Hacía tiempo que no se sentía tan inquieta, no desde...

Los recuerdos se agolparon en su cabeza como un montón de cucarachas saliendo de una alcantarilla desbordada. Tuvo que apoyarse en un mueble para no caer, y por unos segundos creyó que vomitaría los pocos bocados en su estómago. De pronto también le faltaba el aire, y por más que trataba de respirar hondo, su pecho no le respondía. Estaba sufriendo un ataque de pánico, el peor de toda su vida. Sonia dio vueltas sobre sí misma, examinando las sombras y los rincones. Tenía la fuerte sensación de que había alguien más en la casa, y como el gato estaba afuera, debía tratarse de un invasor. El miedo que la recorrió de pies a cabeza le anunció que esa persona, o cosa, o lo que fuera, estaba ahí con el propósito específico de hacerle daño.

La mujer se obligó a respirar y a salir de su parálisis. Le supuso un gran esfuerzo, pero una vez que se recuperó lo suficiente recorrió la casa encendiendo las luces y verificando que todas las aberturas estuvieran cerradas. Lo estaban, y no encontró a nadie escondido en los armarios, el cuarto de baño ni debajo de la cama. El ataque de pánico le había causado el de paranoia, aunque Sonia aún estaba demasiado alterada como para reírse de su propia estupidez. En cambio, se sentó en el sofá, cerró los ojos y esperó a que su respiración y sus latidos se normalizaran. Le tomó unos quince minutos sentirse bien de nuevo, salvo por el chispazo de terror que se negaba a abandonarla por completo.

Los rasguños en la puerta desbarataron la frágil calma que había obtenido, sobresaltándola como si le hubieran dado un toque de electricidad. Sin poder evitarlo, Sonia comenzó a llorar. La pesadilla había terminado dos años atrás, ¿por qué rayos no conseguía superar el trauma? Se restregó los ojos con fuerza, lastimando la suave piel de sus párpados. Mientras tanto, los rasguños continuaron.

Sonia pensó en matar al jodido gato. Fue una idea que la dominó de repente, como si hubiera explotado desde la parte de su cerebro que engendraba sus peores pesadillas. Sí, matar al gato resolvería el problema. Así ya no tendría que buscarle un hogar, y de paso descargaría toda la violencia, la frustración y el miedo con los que había convivido igual que una enfermedad. La mujer se dirigió a la puerta con las manos convertidas en sendos puños, tal vez dispuesta a estrangular al animal sin la ayuda de ninguna cuerda o arma. No se olvidó de atisbar por la mirilla, sin embargo. No había nadie afuera.

Sonia abrió la puerta y el animal entró a la casa. Era el momento de hacer lo que su corazón y su mente le gritaban que hiciera, pero ahora que tenía al gato frente a ella, no pudo juntar la rabia necesaria para destruirlo. Más bien sintió asco de sí misma por haber pensado siquiera en matar al felino. ¡Ella no era así, por todos los cielos! Ella no era como...

El gato la contempló desde el suelo, todo ojos inocentes y cola enrollada sobre las patas delanteras. No era para nada la actitud habitual del felino, pero eso le recordó a Sonia que se trataba de un simple animal, no una bestia demoníaca ni cosa parecida. Ella no tenía ningún motivo de peso para rebajarse a cometer semejante acto de crueldad.

Sus manos apretadas se aflojaron. El gato se puso de pie y fue a beber en su cuenco de agua.

Sonia cruzó los brazos y se fue a dormir, pero antes puso una manta adicional en la cama. Tenía más frío que nunca.

[El final vendrá en la próxima entrega. ¡No se lo pierdan!]

Emma

10 de febrero de 2012

RASGUÑOS EN LA PUERTA (1)

[Este cuento fue inspirado por mis gatos, quienes tienen la molesta costumbre de arañar las puertas para entrar o salir. Claro que... bueno, el cuento se va por otros senderos bastante menos domésticos...]

El frío parecía colarse hasta por las rendijas más pequeñas de la casa, contrarrestando los esfuerzos de Sonia por mantenerla a una temperatura más o menos agradable. ¿Estaba imaginando cosas, o los dos últimos inviernos habían sido los peores de toda su vida? Quizás fuera por el dichoso cambio climático, pero en noches así de heladas no podía dejar de pensar que era una especie de venganza, el castigo de alguna entidad superior y maligna por haberse atrevido a pelear por su libertad. Al fin y al cabo, ¿cuántas veces había triunfado la injusticia a lo largo de la historia? Muchas más, sin duda, de lo que la humanidad merecía, y ella estaba segura de no merecerlo. No se la podía culpar por actuar en defensa propia.

Faltaban unos minutos para las doce y ella quería irse a dormir, pero seguía esperando y esperando, cada vez más impaciente, a escuchar los sonidos en su puerta. No quería tener que levantarse en plena madrugada para abrir, con lo difícil que le resultaba entrar en calor bajo las mantas; era como si su propio cuerpo también se negara a reconfortarla.

El reloj dio la medianoche. Luego las doce y cuarto. Luego las doce y media. Sonia, exasperada, dejó escapar un gruñido y dijo:

—Pues te quedarás afuera, hijo de puta, porque no te voy a hacer caso cuando aparezcas.

La mujer apagó las luces y se dirigió a su habitación. El dormitorio estaba apenas unos pocos grados más caliente que el resto de la casa, pero con un poco de suerte le bastaría para poder dormir de un tirón. Ése era un lujo que el frío le venía negando desde hacía un par de semanas, y ella estaba harta de pasarse los días como una sonámbula.

Ya acostada, se tapó hasta la nariz y cruzó los brazos, doblando las rodillas hasta casi pegarlas a su pecho. Aun así temblaba un poco, y sentía los pies congelados a pesar de los gruesos calcetines. Tendría que comprar un calientacamas para pasar el resto del invierno, pensó. O una bolsa de agua caliente, como mínimo. Si había luchado para ser libre, bien podía dar un paso más y asegurarse una mejor calidad de vida.

Con este último pensamiento en la cabeza, por fin sintió que empezaba a darle sueño... y entonces se escucharon los rasguños en la puerta principal.

—Ya te lo dije, ahora te quedas afuera —murmuró Sonia. Tal idea la hizo sonreír, pero sólo los primeros cinco minutos, dado que los rasguños no se detuvieron. Sonaban exactamente como uñas contra una pizarra, crrriiich, crrrrriiiiich, y cada repetición le crispaba más y más los nervios hasta que llegó al punto de querer pegar un grito.

Fue lo que hizo poco después.

—¡Ya basta! ¡Déjame en paz, no te voy a abrir!

Los rasguños se intensificaron. Sonia no pudo aguantarlo más y se levantó. La temperatura de la casa parecía haber bajado aún más en la última hora, y todo el calor que ella había logrado reunir dentro de la cama se esfumó al instante, haciéndola tiritar de nuevo. La mujer soltó unas cuantas palabrotas.

No abrió la puerta sin mirar. Sabía quién estaba del otro lado y eso significaba que no había nadie más, pero tampoco era cuestión de descuidarse. La maldad siempre acechaba.

No se veía nada del otro lado de la mirilla, por supuesto. Sólo la ciudad desierta y bañada en neblina, que relucía cual velo plateado bajo la luz de las farolas. Los rasguños continuaban. Sonia desatrancó la cerradura, quitó la cadena y abrió la puerta. El frío la azotó como si le hubieran arrojado un balde de agua con hielo.

El gato no perdió ni medio segundo en entrar, adivinando quizás las ganas que tenía su dueña de darle un puntapié en la cara. Tigre debía tener unos diez o doce años; era flaco y altanero, y su pelaje gris siempre ostentaba un arañazo o dos por las peleas callejeras. A medida que el animal marchaba hacia la cocina, Sonia se preguntó por qué rayos no se había librado aún de él. Era el último vestigio consistente de su antigua y horrible vida, y ni siquiera lo había adoptado ella, para empezar. A decir verdad, le gustaban más los perros, y un perro sería un mejor acompañante considerando su situación actual.

Sonia escuchó los lengüetazos del felino en su cuenco de agua. No comía mucho, el desgraciado; lo más probable era que, en sus constantes salidas al exterior, se alimentara de pájaros y ratones. Sí, el bicho tenía cara de depredador. Vocación de asesino, como casi todos los gatos salvajes.

Sonia maldijo para sí al notar que su cama se había enfriado durante su breve ausencia. Gato de porquería. Engendro repugnante de cuatro patas, pequeño monstruo gris y desalmado. Rascaba la puerta porque sabía que ese sonido la volvía loca, y que por lo tanto ella interrumpiría lo que estuviera haciendo para dejarlo entrar o salir, según el caso.

La mujer cerró los ojos, pero los abrió de nuevo siguiendo un impulso y vio a Tigre asomando por la puerta entornada.

—Lárgate. Te odio.

El gato no se fue. Sus ojos tenían un resplandor amarillento en la oscuridad, aunque a la luz del día uno fuera verde y el otro azul. Los ojos del animal podrían haber sido su único rasgo bonito, pero en general lucían una expresión tan astuta y pérfida que se arruinaba el encanto.

Tigre saltó a la cama.

—¡No, vete! —trató de espantarlo ella, sacudiendo las piernas bajo las mantas y haciendo un gesto amenazador con el brazo. El gato ni se inmutó. Estaba decidido a quedarse ahí, e incluso tuvo el descaro de acomodarse junto a los pies de Sonia. A ella le dio la impresión de que el animal se burlaba, y poco le faltó a la mujer para tomar su reloj y tirárselo por la cabeza al felino. Sólo una cosa la detuvo: el calor. Tigre era como un horno viviente, y ella tenía los pies tan fríos...

Tapándose de nuevo hasta la nariz, Sonia dijo:

—Está bien, puedes quedarte. Pero no me simpatizas. Y tarde o temprano me desharé de ti.

El animal la contempló fijamente y Sonia se quedó sin habla. De pronto ella comprendió por qué conservaba al gato: aún tenía miedo. Pero no del felino, sino de...

Se prohibió a sí misma continuar el pensamiento. Ella era libre. Libre. Había vivido libre por dos años y estaba sola pero a salvo. No había forma de que eso cambiara.

La mirada y el ronroneo del gato le recordaron que aún existía una posibilidad, pero ella ignoró al animal, cerró los ojos con fuerza y se empeñó en dormirse de una buena vez. Una hora y media más tarde, lo logró.

[Primera entrega de tres. O sea, ¡manténganse sintonizados a este blog!]

Emma

3 de febrero de 2012

ESOS FINALES POCO MACABROS...

Esto me vino a la cabeza por un artículo que pesqué hace unos días en el sitio Unreality sobre las buenas películas de horror estropeadas por un mal final (está en inglés). Y me refiero a un final demasiado "feliz" para todo el horror que se venía construyendo desde el inicio.

Quien va a ver una película de horror espera... bueno, ¡horrorizarse! (duh!). Para los finales felices están las animaciones de Disney y las comedias románticas. Pero los fans del horror en general nos sentamos frente a la pantalla deseando que el protagonista sufra MUCHO (cuanto más, mejor), y no nos caerá mal si ni siquiera sobrevive. Ejemplos memorables: Arrástrame al infierno, la primera de Saw y La niebla (basada en la novela corta de Stephen King).

Lo mismo se vale para la literatura de horror. Muchos de mis cuentos y novelas favoritos lo son justamente porque todo acaba mal y uno se queda con los ojos como platos y el corazón estrujado. Por ejemplo, Cementerio de animales, de Stephen King.

Claro que eso no es una excusa para matar/mutilar/torturar a todo el mundo porque sí, ¿eh? Pero creo que si la historia lleva naturalmente a un final trágico, morboso y hasta deprimente, ¡qué rayos!, no veo razones para cambiarlo. ¡No hay que tener miedo de horrorizar a lo grande si se da la oportunidad! Total, es ficción. Se puede asesinar impunemente. :P

Para la próxima empezaré a poner mi último cuento macabro. Estén atentos. :)

Emma