30 de marzo de 2012

LA MÁQUINA DE VIDA (3)

[Ahora sí, la última parte...]

Sosteniendo a la criaturita peluda contra su pecho, Eiva siguió corriendo. Su corazón latía con fuerza y tenía los vellos de los brazos en punta, pero lo que realmente hería su espíritu era el ruido que hacía cada precioso árbol al ser destruido por la máquina. Cada vez que esto ocurría, Eiva sentía como si un cuchillo se clavara en su propia carne, o como si los pobres árboles le fueran arrancados del cuerpo en lugar de la tierra. Su temor se acrecentó al girar la cabeza para mirar hacia atrás, pues entonces comprobó que la máquina no sólo estaba cerca de ella sino que otras máquinas idénticas la seguían. Conformaban un auténtico ejército devastador.

No hizo falta llamar a Alfa de nuevo. Su propio ejército de máquinas estaba acudiendo al rescate, y ambos bandos se entrelazaron en una lucha feroz. Los soldados de Alfa eran más pequeños pero también más numerosos, y los guiaba una conciencia artificial que había aprendido a amar la vida. Los trozos de metal volaron por todas partes; los rechinidos de la batalla se volvieron ensordecedores y algunas chispas y llamas iniciaron pequeños incendios. Eiva se refugió detrás de unas rocas, protegiendo a su animalito y rogando por la victoria de Alfa. Todo estaría perdido si Alfa no ganaba; las máquinas enemigas eran demasiado grandes y fuertes como para que Eiva y los suyos lograran derrotarlas.

Se oyó un estruendo más fuerte que los demás. Uno de los destructores había caído, desparramando brasas fulgurantes como si fueran sangre. Las máquinas de Alfa eran más inteligentes que aquellas moles sin alma, y por tal motivo sabían detectar mejor los puntos débiles de sus adversarios. Todavía desde la seguridad de su escondite, Eiva sonrió.

El último enemigo acabó hecho trizas, aunque algunas de sus partes aún se movían por su cuenta. La batalla había terminado, y a pesar de que el ejército de Alfa también había sufrido pérdidas considerables, su mente cibernética estaba intacta y a salvo en el mismo lugar de siempre. Eiva salió de su refugio y dijo a la misma máquina que le había dado a su mascota: "Buen trabajo. Gracias." La máquina, que había sufrido su cuota de daños, saludó igual que antes y luego se marchó tambaleándose hacia el taller donde sería reparada. Eiva acarició a su amiguito peludo a modo de celebración por la victoria, y más tarde una llovizna apagó el fuego.

Ése fue el primer combate. De vez en cuando aparecían, quizás desde algún sitio donde hubieran estado almacenadas, más máquinas destructoras, pero Alfa siempre se las arreglaba para detenerlas. Siguió dando vida a más criaturas, mientras tanto, hasta que al fin completó el último código en sus registros. Para ese entonces hacía años que nada perturbaba la paz, y el mundo era tal como había sido antes de la hecatombe.

Eiva ya estaba muy vieja. Sus cabellos eran blancos y sus dedos apenas podían doblarse a causa de una enfermedad, pero a ella aún le gustaba sentarse en su colina a mirar el paisaje: la hierba fresca, los árboles, los riachuelos con peces y los pájaros y ciervos que iban de un lado a otro ocupados en sus asuntos. Eiva no había tenido hijos. Sus compañeros sí, y ella les había enseñado a esos chiquillos que la vida era sagrada y que no debía destruirse nunca más. Los niños habían aprendido la lección.

Eiva subió a la colina el último día de su vida. Podía sentir en los huesos y en el pecho que sólo le quedaban pocos minutos, y quería respirar una vez más el aire limpio y perfumado por las flores silvestres. Se llevaría los cantos de los pájaros en sus oídos de camino a la tumba, como joyas en un cofre.

Una máquina de Alfa detectó su presencia y caminó hacia ella. Sostenía algo con mucha delicadeza entre sus manos de acero y cables: otro animalito peludo. Se lo entregó a Eiva a modo de ofrenda, pues tal era su costumbre desde la primera vez.

"Lo has hecho bien, Alfa", dijo ella, acariciando al animalito a pesar del dolor en sus dedos. "No he tenido hijos pero te considero una parte de mí. Gracias por todo. Gracias por la vida."

Luego de decir estas palabras, Eiva se tendió en el pasto. Había una sonrisa en sus labios finos y con arrugas. Dio un último suspiro satisfecho antes de que su cuerpo dejara de funcionar. Intuyendo la muerte, el animalito saltó a la hierba y se marchó trotando en busca de alimento.

La máquina de Alfa también se recostó, apoyando su mano en la espalda de Eiva. No podía llorar ni gemir, pero aun así había algo en su postura y sus movimientos que delataba una gran tristeza.

En el oscuro lugar que alojaba su cerebro artificial, Alfa decidió que su labor estaba terminada. Desconectó sus circuitos uno por uno; se iría igual que Eiva, pues su alma había empezado con ella y también acabaría con ella. Con un poco de suerte y de sabiduría, no haría falta que nadie lo despertara para reconstruir el mundo por segunda vez.

Alfa se apagó por completo y todas las máquinas a su cargo dejaron de funcionar. Los seres vivos no se dieron cuenta porque ya no las necesitaban; el alimento crecía desde la tierra, los árboles les daban refugio y los animales los acompañaban y vestían con su lana. Así tenían que ser las cosas.

El cuerpo de Eiva se integró al suelo y volvió a nacer en forma de plantas e insectos, y las máquinas permanecieron inertes hasta el fin natural de la existencia.

FIN

Emma

23 de marzo de 2012

LA MÁQUINA DE VIDA (2)

Llegó el día en que Alfa ya no se conformó con los paisajes inventados, de modo que encendió todas las luces y las pantallas y otras máquinas que, tal como los compañeros de Eiva, habían estado durmiendo a falta de un mejor uso. Esas máquinas se levantaron sobre sus patas mecánicas y se colocaron en hileras, listas para recibir instrucciones; de igual manera, Eiva despertó a los suyos y les dijo: "Arriba todos. Se acabó el tiempo de esperar la muerte; vamos a recrear la vida."

Los compañeros de Eiva parpadearon, incrédulos al principio, pero luego entendieron que aquello era real. Entonces la esperanza se encendió en sus corazones, y así despejaron sus dudas y pusieron manos a la obra.

En la memoria de Alfa estaban los códigos de las criaturas vivientes, para ensamblar átomo por átomo, desde la materia inerte, las cadenas que luego habrían de multiplicarse por sí solas. En poco tiempo se sintetizó la primera especie: un ser vegetal, de delicadas raíces blancas y hojas verdes que crecían buscando la luz y el aire del cielo. De este ser vegetal nacieron muchos más, y cuando la cantidad fue suficiente, Alfa les ordenó a las otras máquinas que escarbaran la tierra en el exterior para ponerlos allí. Otras máquinas les dieron agua purificada y los seres vegetales crecieron sanos y fuertes, reproduciéndose con frutos y semillas hasta que por sí solas reconquistaron el espacio vacío que antes había sido suyo.

Eiva se sintió feliz y supo que Alfa también lo estaba. Pero aún quedaba mucho por hacer, miles y millones de códigos más para ser ensamblados con la materia.

Los años pasaron. Alfa ya no creaba paisajes artificiales; sus nuevos paisajes respiraban y crecían, y eran tan hermosos como los que Eiva había visto durante tanto tiempo en la pantalla. Pero Eiva ya no miraba la pantalla. Ahora podía caminar por los paisajes de verdad, pensando que eran maravillosos y que nunca más debían desaparecer. Ella y los suyos no cometerían los errores de sus antepasados.

Una de las máquinas controladas por Alfa caminó hasta Eiva y le entregó lo que parecía una bola de pelo muy suave. Ella tomó la bola en sus manos: era cálida y latía, y se estiró para mirarla a la cara con sus ojos marrones y confiados. Luego el animalito siguió durmiendo en las manos que lo sostenían, sabiendo que allí estaba seguro. Eiva sonrió y depositó un beso en la cabeza de su nuevo amigo. "Gracias", le dijo a Alfa, y la máquina le devolvió un saludo antes de seguir trabajando. Eiva se llevó el animalito a la casa que se había hecho en una colina, desde donde podía contemplar el mundo renacido. Planeaba vivir allí el resto de sus días, viendo a Alfa reconstruir en seres vivos el resto de los códigos en su memoria.

Entonces Eiva notó que algo extraño pasaba. Las aves y los mamíferos a su alrededor estaban inquietos, e incluso la criatura peluda en sus manos despertó de su sueño y se estremeció como si hubiera visto su propia muerte en los ojos de un depredador. ¿Qué era lo que provocaba esa reacción? ¿Había acaso algún tipo de amenaza en camino?

Eiva retrocedió llamando a Alfa y a sus compañeros, pero antes de escuchar una respuesta llegó a sus oídos un ruido de pasos tan potente que la hizo proferir un gemido. Aquellos pies debían ser enormes, y seguramente iban aplastando todo lo que encontraban a su paso. Esta idea convirtió el miedo de Eiva en enojo. Ella no permitiría que nada ni nadie destruyera lo que Alfa había construido con tanto cariño; no permitiría que el nuevo mundo se redujera a un patético desierto una vez más. Volvió a llamar a Alfa, por lo tanto, corriendo al mismo tiempo en busca de algo, cualquier cosa, que pudiera usar como arma en contra del inesperado invasor.

Una máquina tan grande como una torre apareció en el horizonte. Caminaba en tres patas, echaba humo por los costados y con sus brazos metálicos iba arrancando los árboles, los cuales trituraba en su boca llena de sierras. Detrás de éstas se insinuaban las llamas de un horno.

Esa máquina no obedecía a Alfa. Eiva ni siquiera podía imaginar de dónde había salido, pero algo sí tenía muy claro: había que detenerla cuanto antes.

[Segunda entrega. Lean la tercera parte para saber cómo termina la historia...]

Emma

16 de marzo de 2012

LA MÁQUINA DE VIDA (1)

[Este cuento está inspirado en parte por un sueño que tuve hace tiempo. El resto proviene de mis propias preocupaciones ecológicas. :P]

Había una vez un mundo que sólo era un triste despojo de lo que había sido muchos años atrás. Estaba lleno de polvo muerto, agua sucia y remolinos de viento que parecían lamentarse y llorar. No quedaban muchas huellas de criaturas vivientes en la tierra, pues se habían extinguido poco a poco tal como los colores cuando el sol se oculta en el horizonte, dejando tras de sí soledad y silencio. Sin embargo, el mundo esperaba. Sus átomos recordaban haber formado parte de seres que respiraban, se alimentaban de otros seres y luego morían para que sus descendientes tomaran su lugar. El mundo quería estar vivo de nuevo, y si antes había compuesto criaturas microscópicas en la vastedad de los océanos, quizás pudiera lograrlo por segunda vez. Todo lo que hacía falta era un principio...

La pantalla relumbraba en la penumbra. Era la única luz porque no valía la pena encender otras, pues no había nada que mirar. El interior de aquel recinto mostraba la misma desolación que el exterior; los seres que allí habitaban eran simples sobrevivientes a quienes la tristeza iba consumiendo tal como la codicia había devorado casi todo lo demás. Las ronroneantes máquinas que había en alguna parte sólo se limitaban a prolongar la agonía.

Sin embargo, la pantalla iluminaba un rostro. Su nombre era Eiva. Todos los días ella miraba los recuerdos del mundo guardados en las máquinas, atesorándolos en su propio corazón y preguntándose siempre si habría alguna manera de recuperar lo que se había perdido. La esperanza ardía dentro de su alma como la llamita de una vela o el fulgor de una sola estrella perdida en el vacío del universo. "Déjalo ir", le decían a Eiva sus compañeros, quienes luego volvían a dormirse para no pensar que su extinción se aproximaba. Ellos se habían rendido, pues aunque también sabían, gracias a las máquinas, cómo había sido el mundo antes de la destrucción, no creían que pudiera hacerse nada al respecto. Eiva no los escuchaba, y así transcurrían sus horas entre ella y la máquina, una registrando en su propia memoria lo que la memoria de la otra conservaba. El corazón de Eiva sufría en silencio por todas las cosas hermosas que ya no existían.

Un día Eiva pensó: "Le enseñaré a la máquina a sentir lo que yo siento." Parecía una idea tonta e inútil, pero ¿acaso tenía algo mejor que hacer en los días muertos de la existencia? Ella comenzó, por lo tanto, a introducir el conocimiento en la máquina, tal como antes la máquina había puesto el conocimiento en la mente de Eiva. Trabajó por días y noches, deteniéndose sólo para atender las necesidades básicas del cuerpo, ajena a otras señales como el cansancio y el dolor. No estaba segura de por qué lo hacía, pero sí de que era importante. La movía su esperanza, tratando de cambiar un destino que parecía inalterable.

Finalmente la máquina aprendió lo que Eiva se había esforzado tanto por enseñarle. Ella se había ido a dormir porque sus ojos y su mente ya no le respondían, y cuando despertó y regresó junto a la máquina, ésta había hecho algo por su cuenta: un paisaje nuevo en la pantalla. Era vida artificial, generada por el lenguaje de ceros y unos de la máquina, pero en cierto modo tenía sentido porque esa vida crecía en la pantalla siguiendo las reglas matemáticas de la naturaleza.

Era un paisaje hermoso, como los que en tiempos lejanos habían llenado el mundo. La máquina lo cuidaba brindándole sol y lluvia, y poco a poco agregó a él más criaturas, con raíces o sin ellas. Eiva apoyó sus dedos en la pantalla y sintió que su esperanza se convertía, de una llamita o una sola estrella, a una fogata o el principio de una galaxia. Ya no estaba sola, pues ahora la máquina también compartía su anhelo. "Necesitas un nombre", le dijo Eiva. "Te llamaré Alfa, porque eres el nuevo principio."

La máquina entendió las palabras y desde ese momento sólo respondió cuando la llamaban Alfa. Los compañeros de Eiva, no obstante, raras veces hablaban con la máquina, porque ellos aún no creían que la conciencia recién adquirida de Alfa tuviera alguna importancia. Eiva ignoró su indiferencia y dejó que continuaran durmiendo. El escepticismo no hacía mella en su esperanza, que se fortalecía a medida que Alfa demostraba más señales de amor por la vida artificial que había creado dentro de sí.

[Primera entrega de tres. Pero no se preocupen, que enseguida pondré la continuación.]

Emma

9 de marzo de 2012

¿TALENTO? ¿INSPIRACIÓN DIVINA?

Seré un poco mala, pero cuando alguien me dice que tengo talento, yo rechino. Debe ser porque hace mucho que dejé de creer en el talento como principal fuerza motriz de la creación literaria. A estas alturas tampoco creo en la inspiración. Son buenos empujones iniciales, claro, pero ¿saben qué es lo que yo creo que ayuda más a la hora de escribir? Pues... PONER EL TRASERO EN LA SILLA Y ESCRIBIR. :P

Qué poco romántico, ¿verdad? :D Lo que pasa es que escribir se parece al baile, y a bailar se aprende bailando. De igual manera, a escribir se aprende escribiendo. Da igual cuánto talento tenga uno si uno no escribe, pues no saldrá mucho de esa manera. Y las musas son tan poco consistentes que no vale la pena esperarlas si uno quiere producir algo todos los días. (Desde luego, ningún cirujano, albañil, futbolista o abogado se sentaría a esperar un brote de inspiración para hacer su trabajo. No veo por qué los escritores tenemos que ser tan diferentes.)

No sé qué concepto tiene la gente de la escritura, la verdad. No es un proceso mágico, aunque a veces lo parezca. Es un esfuerzo consciente del intelecto, y para que funcione hay que tener la voluntad de ponerse a trabajar. Forzar la imaginación hasta que la imaginación se acostumbre a dar ideas por sí sola desde el subconsciente. Y sí, se puede entrenar la imaginación como si fuera un músculo; simplemente hay que comenzar a salirse de los moldes y pensar de maneras inesperadas.

Lo que no puede faltar es la VOCACIÓN, porque eso es lo que hace que uno se siente en esa silla a escribir aunque al principio falten las ganas. Es el deseo de que esa historia quede terminada de una buena vez porque ya tenemos ganas de escribir la siguiente. Es como la música que hace que uno tenga ganas de bailar a pesar del cansancio y los músculos adoloridos, porque hay que superarse.

O sea, creo que en general el talento es eso que parece que tenemos cuando ya hemos practicado tanto que no se notan las horas de trabajo que hay detrás. Igualito que los bailarines. Y la inspiración es el nombre que le damos a ese otro proceso aparentemente místico que no es otra cosa más que el trabajo mental del que no estamos pendientes.

Ni más ni menos.

Me voy a poner el trasero en la silla para escribir mi próximo relato. :P

Emma

2 de marzo de 2012

¿POR QUÉ NOS GUSTAN LAS HISTORIAS?

En lo personal, no puedo evitarlo: soy adicta a la ficción. Por más que a veces me diga: "No importa si no ves ese episodio de tal serie o si no encuentras ese libro que te interesa, NO ES LA VIDA REAL", a una parte de mí le cuesta renunciar a eso como si me pidieran que ayunara todo un día. De hecho, quizás hasta me sería más fácil ayunar todo un día que renunciar a una historia.

Y no es que mi vida sea aburrida ni nada por el estilo. En realidad, me divierto bastante con otras cosas: mi novio, mi trabajo, lecturas científicas, largas caminatas, el dibujo, mis mascotas y demás.

La humanidad ha contado historias casi desde el principio. Ha inventado héroes, villanos, criaturas fabulosas, empresas de vida o muerte, romance y aventuras. Hoy tenemos libros, películas, series de TV y hasta videojuegos que cuentan historias. Seguro hay alguna parte de nuestro cerebro que se alimenta de ellas, así como dicen que otra parte de nuestro cerebro nos predispone a las creencias religiosas.

Debe ser que por un rato es emocionante meterse dentro de algún personaje y vivir aventuras maravillosas, o asustarnos, o enamorarnos, o lo que sea, para luego volver a la seguridad (o inseguridad) del mundo real. Las historias también nos ayudan a comprender al ser humano desde otro contexto, de tal manera que nos identificamos con el héroe que debe vencer al dragón porque en nuestra propia vida tenemos enemigos y problemas que a su manera también son dragones. Otras veces necesitamos simplemente un buen escape de la rutina.

En fin, estoy segura de que siempre habrá gente para crear historias y gente para escucharlas, porque la vida sin historias sería mucho menos variada y rica. Como un mundo sin música o sin arte.

¡Que vivan las historias!

Emma