31 de octubre de 2012

ADELANTO POR EL HALLOWEEN

Me hubiera gustado poder lanzar Entre rejas en esta fecha, pero va a demorarse un poquito más porque tengo que hacerle una portada propia. Sin embargo, no podía dejar pasar el Halloween (¡adoro el Halloween!), así que voy a ofrecerles un pequeño adelanto de la historia. :) Aquí va...

ENTRE REJAS

El coche patrulla circulaba por la interestatal, devorando millas y millas bajo un sol abrasador. Incluso con el aire acondicionado a tope, la temperatura dentro del vehículo era insoportable, pero ésa no era la única razón por la que el hombre en el asiento del pasajero sudaba sin parar. Después de enjugarse la frente con un pañuelo que ya estaba ensopado, el detective Kevin O'Reilly, del Departamento de Policía de Nueva York, miró su reloj por centésima vez.

—Tranquilo, colega —le dijo el conductor—. Vamos a llegar a tiempo. Mi equipo y los federales ya deben estar rodeando el lugar; esta vez ese tipo no irá a ninguna parte. Todo está saliendo de acuerdo al plan. —O'Reilly murmuró algo—. ¿Disculpe? No le entendí.

—Lo siento. Dije que eso es precisamente lo que temo.

—No comprendo.

—El hecho es que sí, todo va de acuerdo al plan, pero no es nuestro plan, sino el suyo, y me preocupa que esté tramando algo.

—¿Como qué?

—No lo sé —contestó O'Reilly—. Cualquier cosa. Tal vez haya puesto explosivos, o tenga cómplices armados, o quizás no desee entregarse después de todo y simplemente nos haya preparado otra sorpresa desagradable y sangrienta.

—Pero dijo que iba a entregarse, ¿no? ¿Y no dicen que algunos asesinos seriales tarde o temprano buscan ser capturados?

—Eso dicen, pero yo aún no termino de descifrar a este tipo. Tampoco los del FBI.

—Bueno, yo supongo que en realidad no importa que lo entendamos. La cuestión es que lo atrapemos vivo o muerto, y créame, habrá tantos policías y federales en esa fábrica, que si de verdad está ahí no habrá una mínima posibilidad de que escape. Tranquilícese. ¿Quiere una botella de agua fría? Debe quedar alguna ahí atrás.

—No, gracias.

—¿Seguro? Hay que mantenerse hidratado con este calor.

—Ya le he dicho que estoy bien.

—De acuerdo, de acuerdo.

El alguacil Morris siguió conduciendo, y O'Reilly miró su reloj de nuevo. Sí estaban en hora, pero eso no podía, ni de lejos, mitigar su ansiedad. Al menos el alguacil se había callado. Era un tipo decente y de buenas intenciones, y sabía hacer su trabajo; sin embargo, no tenía la más pálida idea de a qué se enfrentaban. No era lo mismo ver esas escenas del crimen en fotografías que contemplarlas en todo su horror en la vida real: los cuerpos desmembrados, las expresiones de miedo aún grabadas en los rostros que ya comenzaban a pudrirse, el olor, la sangre. No había nada técnicamente imposible en esas masacres, pero aquello no parecía la obra de un ser humano, sino de algo mucho más siniestro. Algo así como un demonio.

El asesino se hacía llamar M. Killer. Así era como había firmado sus cartas, todas ellas dirigidas, durante el último año, al detective O'Reilly. Por qué a él, eso no lo sabía. El asesino había matado "apenas" quince personas en Nueva York, pero cada vez que liquidaba a una nueva víctima o grupo de ellas, una carta llegaba sin falta al escritorio de Kevin O'Reilly. El bastardo era cuidadoso: nunca dejaba pistas ni huellas en sus mensajes. Tampoco una mísera molécula de ADN. Lo mismo valía para sus escenas del crimen, por extravagantes que fueran. ¿Por qué lo hacía, qué quería? Eso no lo mencionaba, pero el detective sabía leer entre líneas y tenía la impresión de que M. Killer asesinaba porque le resultaba divertido. A algunos les gustaba el modelismo, a otros los deportes... y unos pocos preferían descuartizar personas inocentes, igualito que en las películas de terror para jóvenes. Menudo pasatiempo.

—¿Sabe qué es lo que más me inquieta de ese tipo, alguacil? —explotó O'Reilly—. Que ni siquiera sabemos cuánta gente ha matado en realidad. Encontramos los cadáveres que él quiso que encontráramos, ni uno más, ni uno menos. Desde la primera escena supimos que no era un principiante. Entonces, ¿cuántos asesinatos ha cometido a nuestras espaldas? ¿Quinientos? Por eso me asusta tanto: es escurridizo, y mucho más listo que nosotros. Creo que todo lo que hace sirve a un propósito, y que sus cartas a mí fueron la fase final de... de su plan malévolo o como quiera llamarle. Si va a entregarse es por algo, no lo dude. Es decir, si es que realmente va a entregarse, cosa que no creeré hasta que lo tenga cara a cara y bien esposado.

—Comprendo —dijo el alguacil, pero O'Reilly no creyó que de verdad entendiera. Era una cuestión de instinto, y aunque Thomas Morris tenía muchos años de carrera, no podía haberse topado con nada parecido a esto.

—Trescientos cuarenta y seis —dijo O'Reilly—. Trescientos cuarenta y seis cuerpos son los que nos ha dejado encontrar en los últimos cinco años, repartidos en veintidós Estados. Hombres, mujeres, adolescentes, niños. Mata a cualquiera, donde sea. Es un jodido tiburón: mastica lo que roce su boca.

Esta vez el alguacil se abstuvo de hacer comentarios. ¿Qué podía responder a eso, de todas maneras?

La fábrica abandonada apareció poco a poco en el paisaje ondulante. O'Reilly no recordaba qué habían producido en ella, pero sí que la habían cerrado por altos niveles de toxicidad. Con un poco de suerte, M. Killer estaría adentro, hecho un fiambre momificado. Causa de la muerte: envenenamiento agudo. Por Dios, que así fuera. Le ahorraría a todo el mundo un montón de papeleo y gastos en tribunales, por no mencionar los dolores de cabeza. Si lo atrapaban con vida, aquello sería un circo para los medios.

Los demás policías y agentes federales ya estaban ahí, unos treinta o más, cada uno armado hasta los dientes y con chaleco antibalas. Sólo faltaba un equipo SWAT para completar la película. Los del FBI habían sido claros: M. Killer podía estar dispuesto a dejarse matar, y en ese caso tal vez deseara llevarse a unos cuantos consigo por una cuestión de ego. Eso O'Reilly no lo cuestionaba. Como estaban las cosas, sólo le hubiera sorprendido que M. Killer los recibiera con una bomba atómica o bajando del cielo en una nave espacial.

—¿Qué tan altos son los niveles de toxicidad? —le estaba preguntando un agente del FBI a un técnico.

—En la última inspección eran aceptables. Se puede entrar sin máscaras, pero nadie debería permanecer ahí mucho tiempo. Tenemos atropina por si alguien muestra síntomas. Ya están todos avisados.

—Entonces deberíamos entrar de una vez. Hace rato que estamos aquí, y él no ha dado señales de vida. Si no se encuentra ya en la fábrica, no creo que vaya a aparecer caminando. ¡Detective O'Reilly! Empezábamos a pensar que no vendría.

—No me lo perdería por nada —replicó el aludido, pero sin una pizca de humor—. Además, él pidió específicamente que yo estuviera aquí cuando se entregara. Para saludar a su "querido amigo por correspondencia".

El gesto afirmativo del agente le hizo saber a O'Reilly que había leído una copia de la carta. Quizás hasta la supiera de memoria.

—Quisiera entrar —dijo el detective—. Sé que estoy fuera de mi jurisdicción, pero prometo no hacer nada sin permiso. Es que quiero verlo por mí mismo. Todo esto ha sido una odisea.

—Creo que sobró un chaleco antibalas. Sólo le pido que no se meta en el camino de mis agentes. La última escena de Killer los dejó... algo nerviosos. Y créame que no se asustan fácilmente.

¿Agentes del FBI nerviosos? Estupenda noticia. Claro que O'Reilly estaba más que nervioso: a cada segundo se sentía más y más al borde del precipicio, y sólo esperaba que sus niveles de colesterol no decidieran jugarle una mala pasada en los próximos minutos. Ya bastante tenía con la úlcera que había desarrollado en los últimos seis meses.

O'Reilly giró la cabeza y comprobó que ya no había tanta seguridad en el rostro del alguacil. Él también debía haber sentido, por fin, que algo flotaba en el aire además de las sustancias tóxicas, pues a pesar del calor tenía erizado el vello de los brazos.

—Eso que percibe, alguacil Morris, es a Killer —informó el detective—. Tal vez no quiera entrar a esa fábrica.

—Esto nunca me había pasado, pero... de pronto me siento a punto de cagarme en los pantalones. Tiene razón, mejor me quedo aquí. Buena suerte.

Los hombres armados entraron a la fábrica por cuatro sitios distintos, siguiendo los planos. No se escuchaba nada ahí adentro, pero los recibió un hedor tan intenso que algunos policías se quedaron quietos un momento, mirándose entre sí con una expresión semejante al pánico. Olía a amoníaco y podredumbre. A muerte. En la fábrica los esperaba algo mucho peor que unos residuos tóxicos y el asesino en serie.

Continuaron avanzando, y el líder del equipo donde iba O'Reilly recibió un mensaje de otro grupo por la radio.

—Oh, Dios mío. Esto es...

No hizo falta pedir una aclaración, porque el grupo del detective pasó a otra sala y sus integrantes también se quedaron paralizados a causa de la sorpresa.

O'Reilly no pudo contar los cadáveres. Eran demasiados, algunos completos, otros en pedazos como muñecas rotas. De ellos provenía el hedor, y el detective tenía suficiente experiencia forense para determinar que los cuerpos habían sido depositados ahí en un lapso de varios meses, hasta la semana pasada o quizás menos. Estaban en diferentes posiciones: tirados por ahí de cualquier manera, colgados de las máquinas o dispuestos como maniquíes en un escaparate. Las ratas e insectos iban y venían alrededor de ellos disfrutando de su macabro festín, ajenos como siempre a las toxinas producidas por los humanos.

Dos de los policías y un agente federal se hicieron a un lado para vomitar. O'Reilly también sintió náuseas, pero había evitado a propósito llenar su estómago. Una sabia decisión.

—Esto no puede haberlo hecho un solo hombre —murmuró un agente cerca del detective—. Tiene que tener cómplices. Eso, o es el mismísimo Satanás.

—Tenemos que seguir —dijo el líder del grupo, recobrando la compostura antes que sus compañeros—. Adelante.

Continuaron avanzando, pues, y a cada paso se revelaban nuevos horrores que el detective hubiera deseado no ver, pero que tuvo que examinar a fondo por si el asesino se ocultaba entre los cuerpos. Así fue como descubrió los brazos, que señaló con un dedo tembloroso. Eran cinco, atados con alambre a un barandal, y todos apuntaban en dirección a unas escaleras de metal. Los hombres subieron por ahí, atentos a cualquier amenaza. La fábrica en sí ya era un lugar bastante inseguro, aparte de las toxinas: las escaleras estaban oxidadas, las cadenas en el techo podían caerse en cualquier momento, el techo no parecía muy firme. Sería fácil tender una emboscada entre tanto desorden.

Varios pasillos y muchos cadáveres después, llegaron a una sala más amplia. Un agujero en lo alto permitía la entrada de luz, y justo ahí donde caía el resplandor había un hombre sentado en una silla, leyendo un libro como si no estuviera rodeado de cuerpos putrefactos.

—¡Arriba las manos! —ordenó el líder del equipo, apuntando con su arma. El hombre en la silla soltó su libro y miró a los recién llegados. Debía tener unos cuarenta y cinco años, y su aspecto era de lo más corriente. Se levantó de la silla con toda la calma del mundo y, haciendo una inclinación teatral, dijo:

—Hola, caballeros. Me alegra que hayan acudido a la cita.

Kevin O'Reilly sintió un escalofrío.

[Bien, así es como empieza la historia. Espero que les haya picado la curiosidad. :) ¡En poco tiempo estará disponible el resto en Amazon!]

¡¡FELIZ HALLOWEEN!!

Emma

23 de octubre de 2012

AHORA SÍ, NOVEDADES

Antes que nada, debo disculparme por mi larga ausencia. :P La verdad es que estaba como un poco perdida, desanimada, y no se me ocurría qué decir. Luego leí este post en un blog ajeno: La noche de los bolsilibros vivientes, y me dije que ya era hora de hacer algo al respecto sobre Entre rejas. Lamento decir que la publicación se ha cancelado definitivamente, PERO ¡ahora existe Amazon! (Bueno, existía desde mucho antes, pero hace menos tiempo que está disponible para escritores extranjeros.) O sea, muy pronto publicaré Entre rejas por mi cuenta, junto con otra historia inédita de la que todavía no voy a decir nada, salvo que también es de horror (y tan horripilante, según mi madre, que no la piensa leer de nuevo). Si no tienen cuenta en Amazon, ¡no hay problema!, cada tanto permitiré la descarga gratuita en los días de promoción que permite el sitio.

Los mantendré al tanto de lo que pase. :)

Emma